Italia 90: Mi primer mundial


MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (10)

Faltan escasas horas para que eche el balón a rodar en la XIX fase final de la Copa del Mundo de fútbol. A las 16:00 Sudáfrica y México abrirán un campeonato en el que se espera que la selección española nos dé una gran alegría.

Y en un día como éste creo conveniente hablar del que fue el primer mundial que vieron -por la televisión, claro está- los ojos de quien administra este blog: el de Italia 90; un mundial que se presentaba con Argentina como campeona -y, naturalmente, con Maradona– y con Italia como máxima favorita por su condición de anfitriona, la segunda vez en su historia tras la de 1934.

Camerún sorprende a Argentina
Fue un campeonato, en líneas generales, feo, bastante defensivo -sólo 115 goles en total- y duro en ocasiones; pero también fue un mundial con multitud de momentos para recordar. El primero de ellos, en el encuentro inaugural, Argentina-Camerún en San Siro (Milán), en el que los africanos vencieron contra todo pronóstico por 0-1; una sorpresa descomunal, mucho más que si se diese hoy en día. Camerún, con el “abuelo” Roger Milla -39 años- como jugador estelar, comenzó un sueño que le duró hasta los cuartos de final, cayendo por 3-2 en la prórroga en un épico y emotivo choque ante Inglaterra.

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Todavía recuerdo como si fuera ayer ese cabezazo de Oman Biyik que se tragó Nery Pumpido, guardameta titular de la albiceleste en México 86, y guardameta titular también del Betis en aquel año. Todo un lujo disponer de un campeón del mundo en un equipo que, por entonces, estaba en Segunda; eso sólo es capaz de hacerlo un equipo de la particular idiosincrasia del Betis.

Pumpido se parte la tibia y el peroné
Pero no nos desviemos del tema. Pobre Pumpido… ni él ni los aficionados béticos más o menos veteranos olvidaremos este maldito mundial para nuestros intereses. En el siguiente choque, una “final” ante la Unión Soviética -que compareció como tal por última vez en una Copa del Mundo, junto con Checoslovaquia– dado que ambos habían caído sorprendentemente derrotados, Pumpido chocó en los primeros minutos con su compañero Olarticoechea tratando de evitar un gol soviético. Resultado: fractura de tibia y peroné, lo que significaba perderse el resto del mundial… y gran parte de la siguiente temporada, lo que fue un déficit muy gordo para un Betis que semanas antes, había ascendido a Primera, y que acabaría volviendo a la categoría de plata.

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Argentina ganó por dos a cero gracias, entre otras cosas, a la “Mano de Dios versión 2.0”: un gol evitado por Maradona con su mano derecha que, increíblemente, no vio el árbitro pese a estar al lado. Los albicelestes se salvaron de la quema, y los soviéticos se fueron al hoyo.

Otra de las anécdotas que parecía que iba a tener aquel partido entre argentinos y soviéticos era el “derbi sevillano” en las porterías, porque el cancerbero titular de la URSS era el histórico Rinat Dassaev, fichaje estrella del Sevilla hacía temporada y media. Pero esta coincidencia no se produjo, porque la lesión de Pumpido se había unido al hecho de que Dassaev había caído en desgracia después de perder 0-2 con Rumanía, y el seleccionador, Valery Lobanovski, decidió que no saliera a jugar contra los argentinos.

Brasil cede ante Argentina… ¿y su agua adulterada?
En otros grupos Italia, gracias al acierto goleador de la revelación de aquel Mundial, Salvatore “Toto” Schillaci, pasaba sin brillantez pero con sobriedad; Alemania Federal -que también participaba como tal por última vez-, con Lothar Matthäus, Andreas Brehme, Jürgen Klinsmann y Rudi Völler sobre el campo y con Franz Beckenbauer en el banquillo, compraba cada vez más papeletas para hacerse con el título; y Brasil superaba la primera fase con pleno de puntos, pero en octavos de final los “canarinhos” se la pegaron con todas las de la ley contra los argentinos.

Los chicos de Bilardo, “castigados” a medirse con la “verde-amarelha” por su mala primera fase, ganaron por 1-0 con gol de Caniggia a pase de Maradona, en la primera acción brillante de verdad del Diego en el torneo; después de que Brasil enviara tres balones a los postes. Fue el encuentro en el que, años después, algunos de los miembros de la selección argentina confesaron haberles dado a los brasileños agua adulterada; algo que todavía no se ha terminado de aclarar.

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España, otra vez fuera cuando mejor jugaba
Los octavos de final también fueron el “tope” de la selección española. España, dirigida por Luis Suárez y con la “Quinta del Buitre” iniciando ya la cuesta abajo, hizo una meritoria primera fase, pasando como primera por delante de los belgas -en el recuerdo, el “me lo merezco” de Míchel después de hacer tres goles a Corea del Sur- ; pero en octavos, ante Yugoslavia, la suerte fue muy esquiva.

La selección creó multitud de ocasiones de gol pudiendo transformar sólo una por medio de Julio Salinas; mientras que los yugoslavos llegaron dos veces y marcaron dos goles -el segundo en la prórroga- gracias a su estrella, Dragan Stojkovic, lo que mandó a casa a España antes de lo que todos esperábamos.

A las semifinales llegaron Alemania Federal e Inglaterra por un lado; e Italia y Argentina por el otro. El estadio “Delle Alpi” de Turín fue testigo de todo un clásico del fútbol europeo y mundial, que se resolvió en los penaltis a favor de Alemania al finalizar con empate a uno, siendo los autores de los tantos Brehme y el gran goleador inglés de la década, Gary Lineker.

Maradona en Nápoles… como “enemigo”
Y la segunda semifinal tuvo morbo del bueno porque la sede fue el estadio San Paolo de Nápoles, la “casa” de… el señor Diego Armando Maradona, ídolo superlativo no sólo en Argentina, sino también en Nápoles, equipo al que llevó a ganar dos “Scudettos”, una Copa y una UEFA.

¿Qué harían los napolitanos? La mayor parte, pese a la idolatría profesada a Maradona, animaron a la “squadra azzurra”; pero el resto optó por callar, porque en el otro lado estaba su “Dios” particular, aquél que había posibilitado que pudieran no sólo resistir al poder de los equipos del norte de Italia -Milan, Juventus e Inter-, sino también vencerles en más de una ocasión.

Goycoechea, el talismán argentino
Argentina hizo que los italianos despertaran bruscamente de su sueño gracias a un genial cabezazo de Caniggia a pase de Olarticoechea que neutralizaba el gol -uno más de los seis que marcó- de Schillaci; pero sobre todo gracias a su “talismán” particular en las tandas de penaltis: Sergio Goycoechea, el sustituto de Pumpido, que paró dos penaltis en cuartos a Yugoslavia y otros dos a los anfitriones en semifinales.

Goycoechea, un guardameta surgido prácticamente de la nada y que partía, a priori, como tercer portero tras Pumpido e Islas, le ganó la partida a éste en las preferencias de Bilardo, y llevó a Argentina a su segunda final consecutiva, en la cual se medirían, como en México 86, a la República Federal de Alemania.

Alemania Federal y el arbitraje acaban con Argentina
Pero en Italia, en el Estadio Olímpico de Roma, las circunstancias fueron muy distintas. Todo estuvo en contra de Argentina, desde las ansias alemanas de revancha hasta el declive que ya había iniciado Maradona, quien vio que aquélla no iba a ser una noche precisamente de fiesta desde que los aficionados italianos, en venganza por la eliminación de su selección, silbaron estruendosamente el himno albiceleste. Tan célebres como todo lo ya comentado fueron los insultos de Maradona -por una vez y sin que sirva de precedente justificados en mi opinión- al irrespetuoso público italiano.

Alemania, en una final bastante fea, fue mucho mejor que Argentina y se mereció la victoria; pero para consumarla tuvo que recurrir a un factor externo, todo un clásico en más de una final mundialista: la ayuda arbitral. Argentina estaba resistiendo, con lucha pero sin fútbol, las acometidas alemanas, pero nada pudo hacer contra la actuación del mexicano Edgardo Codesal, el encargado de la FIFA, según Maradona, para arrebatarles el título.

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Codesal expulsó de forma ciertamente rigurosa a dos jugadores argentinos, Monzón y Dezotti; y además señaló el discutidísimo -por no decir injusto- penalti sobre Völler que decidió el partido a cinco minutos del final. Brehme batió por bajo al “parapenaltis” Goycoechea, llevando la euforia a sus compatriotas y las lágrimas a un Maradona que no pudo parar de llorar en la ceremonia de entrega de premios.

La República Federal de Alemania, en su último partido como tal -la fase de clasificación para Italia 90 ya se había iniciado cuando cayó el muro de Berlín, por lo que ambas Alemanias continuaron compitiendo como tales hasta después del Mundial-, consiguió, de esta forma, su tercer título tras el de Suiza 54 y el celebrado en su propio país veinte años después.

Un justo premio, pese a las ayudas arbitrales en la final, para un conjunto históricamente perseverante hasta más no poder, que había perdido las finales de España 82 y México 86 y que en tierras italianas se tomó, de forma merecida por su juego, la revancha de la derrota contra Argentina cuatro años antes.

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