Archive for category Mi particular memoria deportiva

Blijlevens ganó la última vez que la Vuelta llegó a Sevilla

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (12)

Mañana, por fin, llegará el momento más esperado por todos los aficionados al cicismo que vivimos en Sevilla y provincia. A las 22:04 de la noche tomará la salida el primero de los equipos participantes en la Vuelta Ciclista a España 2010, que saldrá desde la capital andaluza, la cual hacía nada menos que 15 años que no albergaba una etapa de la principal ronda española.

Fue en 1995 cuando la Vuelta llegó por última vez a Sevilla, después de que en los años 1990 y 1991 sendas etapas hubiesen acabado en La Cartuja, en el recinto de la EXPO´92. A diferencia de este año, en el que se dará el pistoletazo inicial con una contrarreloj por equipos, en aquella ocasión los corredores arribaron después de una etapa en línea, la 10ª, procedente desde Córdoba, de 182 kilómetros.

La carrera llegaba con Laurent Jalabert en plan dominador tras exhibirse camino de Ávila ante el futuro campeón mundial Abraham Olano y con una más que previsible disputa del triunfo al sprint. Tras pasar por algunos de los pueblos más emblemáticos de la provincia como Carmona, Mairena del Alcor y Dos Hermanas, el pelotón entró en la capital por la Avenida de la Palmera -más o menos a la altura del por entonces estadio Benito Villamarín-, dispuesto a dar dos vueltas a un circuito urbano de unos ocho kilómetros muy parecido al de este año aunque algo más corto, que transcurría por puntos emblemáticos como el Paseo de las Delicias, el Paseo Colón, el arco y las murallas de La Macarena o la Plaza de Don Juan de Austria -conocida popularmente como la plaza «del caballo»- en la avenida Menéndez y Pelayo, donde estaba situada la línea de meta.

El sprint se disputó con todas las de la ley y ganó el joven sprinter holandés del TVM Jeroen Blijlevens -que ese mismo año también había ganado en Sevilla en la Vuelta a Andalucía- por delante del italiano del Gewiss Nicola Minali y del alemán del Telekom Sven Teutenberg, que dejaron sin opciones, por ejemplo, al mismo Jalabert. Fue el segundo gran triunfo para el holandés en aquel año, tras haber vencido también en un sprint del Tour de Francia. Blijlevens no llegó a convertirse en un dominador absoluto de los sprints, pero a lo largo de sus diez años de profesional sí que consiguió muchas victorias de prestigio, sobre todo durante su etapa en el TVM (1994-1999).

Y como era de suponer allí estaba yo, con 16 añitos recién cumplidos, para presenciar «in situ» tan magno acontecimiento. Por entonces yo era un casi absoluto desconocedor de la geografía de la capital andaluza -mi condición de «joven de pueblo» la llevaba al máximo-, así que me acerqué acompañado de mi primo Manolo -que tenía y tiene mi misma edad-, también gran seguidor en aquella época del deporte de la bicicleta, para ver en directo a los ciclistas.

Bueno, para verlos en directo y para seguirlos un poco -a ellos y al resto de la caravana- después de terminar la etapa, porque después de que el pelotón pasara como una centella por delante de nosotros no nos quedamos para ver ganar al amigo Blijlevens, sino que nos fuimos directamente al desvío de coches para esperar a los corredores en su marcha hacia el hotel y verlos un poco más de cerca.

Y al día siguiente, repetimos, porque la salida de la etapa con final en Marbella era en la Calle Doctor Laffon Soto, en el Polígono de San Pablo, junto al complejo polideportivo. Mi primo y yo también nos desplazamos hacia allá desde temprano y, además de algunos espectáculos montados por la organización, pudimos ver cómo iban llegando los ciclistas -Jalabert, Alex Zülle, Johan Bruyneel, Marco Pantani, Olano, Melchor Mauri, Piotr Ugrumov, Jesús Montoya…- a la carpa donde estaba situado el control de firmas, cómo se relajaban allí tomando un café -o lo que fuera- y cómo se iban dirigiendo a la línea de salida para comenzar la jornada.

Quince años después -demasiado tiempo para una ciudad como Sevilla-, la Vuelta no sólo llegará de nuevo a la ciudad hispalense sino que, además, por primera vez en su historia, dará comienzo en la «capital del sur» y con una etapa nocturna. Algo que, siempre y cuando los municipales no les dé por tocar los h…, disfrutaremos como se merece.

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Cuando Jalabert y la ONCE pudieron poner patas arriba el Tour 1995

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (11)

El Tour de Francia llega hoy al aeródromo de Mende por tercera vez en su historia. Los corredores arribarán a la meta justo después de pasar la Croix Neuve, un puerto de segunda categoría corto pero durísimo -10,1% de pendiente media y 14 de máxima-, también llamado «Montée Laurent Jalabert (Subida Laurent Jalabert)», en homenaje al gran espectáculo que dio el ciclista francés el 14 de julio de 1995, en plena fiesta nacional francesa.

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Era la primera vez que la carrera francesa llegaba a esta meta situada en medio del macizo central. Miguel Indurain -que justamente hoy cumple 46 años- era el líder absoluto y marchaba camino de su quinto Tour consecutivo, pero Manolo Saiz y la ONCE aún tenían muchas cosas que decir. El director cántabro planteó una estrategia perfecta que a punto estuvo de salirle redonda al 100%.

Saiz se la jugó mandando a varios hombres por delante desde primera hora. Jalabert salió del pelotón a casi 200 kilómetros de la meta y comenzó a formar una fuga con el italiano Andrea Peron. Por detrás, la maniobra de la ONCE la completaron Melchor Mauri y Neil Stephens, que también saltaron y llegaron donde estaba su compañero, junto a los también italianos Dario Bottaro y Massimo Podenzana. Seis hombres escapados, y tres de ellos del equipo de Manolo Saiz.

Rápidamente Mauri y Stephens se pusieron a trabajar y a tirar como locos sobre un terreno rompepiernas, muy propio de esta zona de la geografía francesa. La ventaja comenzó a subir como la espuma y a 90 kilómetros para el final, los escapados tenían casi once minutos de ventaja, lo que situaba a Jalabert como líder virtual con algo menos de minuto y medio sobre Indurain.

La carrera estaba sufriendo un vuelco espectacular, más aún cuando Banesto, al que le costó enterarse de qué iba la película, se veía totalmente impotente para aminorar la ventaja que había alcanzado la escapada gracias al fenomenal trabajo de los tres de la ONCE, sobre todo un Mauri sencillamente colosal.

Así transcurrió todo durante una buena cantidad de kilómetros, hasta que viendo que la ventaja no menguaba tanto el Gewiss como el Mapei decidieron colaborar con los hombres de Echávarri y Unzúe para que la minutada que les estaban metiendo los escapados no aumentara más. Ambas escuadras italianas tenían serias opciones de podium -Gewiss con Bjarne Rijs e Ivan Gotti, y Mapei con Tony Rominger y Fernando Escartín-, y la presencia de Jalabert y Mauri era una amenaza muy seria también para ellos. Banesto, Gewiss y Mapei, además, contaron con la inestimable ayuda de otros como Polti o Novell, con lo que poco a poco la diferencia fue disminuyendo y la tranquilidad fue regresando.

Terminado el sueño de alcanzar el maillot amarillo, la ONCE quiso al menos cortar las dos orejas con Jalabert, y a fe que lo consiguieron. «Jaja» atacó de forma demoledora en Croix Neuve y, pese a que Bottaro intentó en un principio seguir su rueda, se marchó como una auténtica exhalación hacia la cima y hacia la victoria en Mende, posiblemente la victoria más bella y más emotiva de toda su carrera.

Por detrás Marco Pantani intentó marcharse para ganar algunos segundos de cara a la general, pero tanto Indurain como Rijs lograron alcanzarle, entrando los tres en meta 5 minutos y 41 segundos más tarde que un Jalabert exultante de felicidad, que sentenció la lucha por el maillot verde de la regularidad, y se colocó tercero en la general por detrás de su compañero Alex Zülle, aunque en los Campos Elíseos no pudo mantener dicho puesto en lucha con Rijs. Mauri subió al quinto lugar -terminaría sexto el Tour- y la ONCE se aseguró la victoria en la clasificación por equipos.

Fue una grandísima jornada de ciclismo en una meta a la que tan sólo se ha vuelto a llegar en otra ocasión antes de hoy, en 2005, año en el que ganó otro hombre de la estructura de Manolo Saiz -aquel año Liberty Seguros-, el gallego Marcos Serrano. Si los primeros clasificados -sobre todo Andy Schleck y Alberto Contador– se lo toman con interés podríamos disfrutar de un final de etapa realmente memorable.

ÚLTIMA HORA: Joaquim «Purito» Rodríguez (Katusha) ha conseguido en Mende la primera victoria española en el Tour de Francia 2010 por delante de Alberto Contador, que ha atacado en la parte final de Croix Neuve y ha recortado 10 segundos al líder, Andy Schleck, en la general. Así pues el madrileño del Astaná queda ahora a 31 segundos del luxemburgués del Saxo Bank.

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Italia 90: Mi primer mundial

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (10)

Faltan escasas horas para que eche el balón a rodar en la XIX fase final de la Copa del Mundo de fútbol. A las 16:00 Sudáfrica y México abrirán un campeonato en el que se espera que la selección española nos dé una gran alegría.

Y en un día como éste creo conveniente hablar del que fue el primer mundial que vieron -por la televisión, claro está- los ojos de quien administra este blog: el de Italia 90; un mundial que se presentaba con Argentina como campeona -y, naturalmente, con Maradona– y con Italia como máxima favorita por su condición de anfitriona, la segunda vez en su historia tras la de 1934.

Camerún sorprende a Argentina
Fue un campeonato, en líneas generales, feo, bastante defensivo -sólo 115 goles en total- y duro en ocasiones; pero también fue un mundial con multitud de momentos para recordar. El primero de ellos, en el encuentro inaugural, Argentina-Camerún en San Siro (Milán), en el que los africanos vencieron contra todo pronóstico por 0-1; una sorpresa descomunal, mucho más que si se diese hoy en día. Camerún, con el «abuelo» Roger Milla -39 años- como jugador estelar, comenzó un sueño que le duró hasta los cuartos de final, cayendo por 3-2 en la prórroga en un épico y emotivo choque ante Inglaterra. Read the rest of this entry »

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1992: Miguel Indurain, primer español en ganar el Giro de Italia

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (9)

Ahora que el Giro de Italia 2010 está a punto de terminar -y de decidirse-, creo que es el momento oportuno para recordar otro hito histórico para el deporte español, de los presenciados por servidor de ustedes.

Una de las «picas en Flandes» que le faltaba por poner al ciclismo español en 1992 era la de la carrera de la «maglia rosa», una ronda que se nos resistía sistemáticamente por dos razones: porque preferíamos la Vuelta -por entonces celebrada año tras año en el mes de abril- y el Tour, y porque en el Giro los corredores italianos siempre han sido tremendamente difíciles de batir. Años atrás lo habían intentado hombres ilustres del pelotón nacional como José Manuel Fuente, el «Tarangu»; Paco Galdos y Marino Lejarreta, el «Junco de Bérriz», pero no tuvieron éxito pese a que se quedaron muy cerca de lograr la victoria.

Pero aquel año iba a cambiar la historia, gracias al mejor deportista español de todos los tiempos. Miguel Indurain, al año siguiente de ganar su primer Tour, decidió variar su preparación de cara a la ronda francesa: renunció a la Vuelta a España, prueba donde en 1991 había sido segundo y donde se le exigía tal vez más de lo que por abril podía dar, y probó en el Giro, donde estaría más libre de presión; justo lo contrario de lo que hizo su gran rival, Gianni Bugno, que «huyó» del Giro para centrarse exclusivamente en el Tour. Read the rest of this entry »

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El primer gran «boom» del baloncesto en Sevilla

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (8)

Me estoy refiriendo al primer éxito sonado del Caja San Fernando -actual Cajasol- en su historia: la victoria sobre el Real Madrid en el play-off de cuartos de final de la Liga ACB 95-96.

No era la primera vez que el Caja San Fernando se clasificaba ni para un play-off ni para unos cuartos de final; ya lo había intentado en las campañas 92-93 y 93-94 con José Alberto Pesquera en el banquillo; pero el Estudiantes y el Barcelona, respectivamente, impidieron su pase a semifinales.

Después de una gris temporada 94-95, la siguiente la afrontaron los sevillanos con grandes cambios en sus filas. A los canteranos Raúl Pérez y Benito Doblado, consumados tiradores de larga distancia, se les unieron una tripleta estelar de americanos: el Michael Anderson -MVP de aquella temporada-, primer gran «genio» y antecesor de André Turner; el ala-pívot Marvin Alexander; y el pívot Warren Kidd, todo un dominador bajo los tableros. Y la dirección técnica corrió a cargo de un grande de los banquillos: Alexander «Aza» Petrovic, hermano del gran y malogrado Drazen.

Sin embargo, la clave llegó unas jornadas después de comenzar la fase regular: Marvin Alexander se lesionó y su sustituto fue el que luego se convertiría en un histórico del club, Richard Scott, un semidesconocido que se reveló como el gran descubrimiento de la temporada. Resultado de todo esto: el Caja, 7º y de nuevo en los play-offs; aunque con casi nulas esperanzas de clasificarse para las semifinales dado que su rival era ni más ni menos que el Real Madrid, segundo clasificado en la fase regular.

Pero en el primer partido jugado en el antiguo Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, en un play-off al mejor de tres, el Caja San Fernando ganó por 75-83, y se colocaba tan sólo a un triunfo de las «semis». La gran sorpresa había comenzado a cocinarse.

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Tres días más tarde San Pablo, como no podía ser de otra forma, estaba a reventar, quizás por primera vez en su historia. Era la ocasión de dar el gran golpe, y el Caja San Fernando no la iba a dejar escapar. La magnitud del choque merecía un esfuerzo por mi parte, y ya que no podía ir porque en un partido intersemanal que no fuera del Betis las horas de estudio eran, desgraciadamente, sagradas -por entonces yo estaba en el instituto-, al menos me las ingenié para poder escuchar por la radio el segundo tiempo sin que me descubrieran.

¿Y qué fue lo que escuché? Pues, como podéis ver en el video, un partido muy emocionante que se resolvió en los últimos segundos, después de que Antúnez, ganando el Caja por dos puntos, fallara un triple y Raúl Pérez sentenciara con una bandeja. Al final, 90-86; el Madrid, eliminado; el Caja San Fernando, a semifinales; y San Pablo, de fiesta.

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Después el Caja San Fernando eliminó en semifinales al TDK Manresa y se metió en la final, que perdió con el Barça, y en la Liga Europea, actual Euroliga. Y tres años después volvió a repetir final con los culés después de deshacerse de nuevo de los blancos, esta vez en semifinales, y con otra gran fiesta en San Pablo. Pero nada de eso fue tan inolvidable como aquella noche de mayo de 1996; el día en el que el baloncesto, por fin, entró de lleno en la capital de Andalucía.

Catorce años después, puede repetirse la gesta. Por el momento el Cajasol ha vuelto a dar la sorpresa en Madrid, ganando por 60-66, e «incendiando» prácticamente tanto Vistalegre -feudo de los blancos- como la propia ACB, que espera fervientemente una nueva final entre el Barça y el Madrid.

Falta rematar la faena mañana, en un San Pablo que, como en 1996, estará de nuevo hasta la bandera. Si no se ganara, aún quedaría un tercer y definitivo encuentro, pero sería de nuevo en la capital de España. Hay que aprovechar, pues, esta enorme ocasión de volver a clasificarse, diez años después de la última vez, para las semifinales. La empresa no será fácil; pero San Pablo debe llevar en volandas a los hombres de Joan Plaza para que le den la puntilla a un nervioso Real Madrid de Ettore Messina.

(Los videos de Youtube son por cortesía de baloncestosevilla.org, la página no oficial del club)

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Recuerdos del Circuito de Mónaco

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (7)

No es ésta una historia que tenga que ver estrictamente con el deporte en sí porque no narra un acontecimiento deportivo; pero como este fin de semana se disputa el Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1 quería recordar mi visita a las calles de Montecarlo que, como bien saben los aficionados al automovilismo, es donde está ubicado el circuito que está considerado como la «catedral» de la Fórmula 1; y me ha parecido oportuno colocar el artículo en esta sección.

Cuando hace algo más de dos años mis compañeros de Periodismo y yo decidimos escoger el crucero por el Mediterráneo de Pullmantur para el viaje de fin de carrera, todos pensábamos en lo clásico: las visitas a Florencia, Pisa, Roma… pero además de todas esas bellas ciudades había un día que, para mí, iba a tener un significado especial; y ese no era otro que el correspondiente a la primera de las escalas, con destino el Principado de Mónaco.

El martes 22 de abril de 2008, procedentes de Villefranche -donde atracó el ya retirado S.S. Oceanic-, los «periodistas» de la Universidad de Sevilla, acompañados posteriormente por los «maestros» murcianos, llegamos a las calles de Montecarlo. Quien más quien menos pretendía visitar lugares de gran popularidad como el gran Casino o el Palacio de los Grimaldi; pero mi intención, preferentemente, era otra bien distinta: ver los lugares emblemáticos por donde año tras año pasan los monoplazas de la Fórmula 1; y la suerte hizo que pudiera salirme con la mía, ya que para ir al hogar del ínclito Albertito de Mónaco debimos caminar, aproximadamente, por el 50% del circuito.

Para llegar hasta allí debíamos ir por una subida situada enfrente de la curva de Anthony Noghes -la última antes de entrar en la recta de meta, dedicada al creador de la carrera en 1929-, con lo que no quedaba otra que caminar junto a la zona del puerto, aquélla donde se encuentran los yates de lujo. Después de pasar por el Casino, de que cada cual se hiciera una foto junto a la archiconocida curva de Loews -la más cerrada de todo el Mundial, situada junto a uno de los hoteles de lujo que hay en Montecarlo- y de llegar al paseo marítimo o boulevard, tomamos un ascensor que nos dejó en el túnel.

Y allí estaba yo, en el mítico túnel de Mónaco, testigo de algunas de las imágenes más espectaculares de la Fórmula 1 -se me viene a la mente el porrazo que se dio Fernando Alonso en 2004 cuando intentaba adelantar al doblado Ralf Schumacher– y lugar donde se decide la trama principal de la mejor película que, sin duda, ha realizado la factoría Disney sobre Herbie, el famoso Wolkswagen Escarabajo blanco, con el número 53: Herbie en el Grand Prix de Montecarlo (Herbie goes to Monte Carlo). No puedo ocultarlo: ese film me marcó cuando era niño por cómo Herbie acabó resolviendo la carrera en el túnel; y ese film, sin lugar a dudas, me enseñó a apreciar con gran sensibilidad todos y cada uno de los principales recovecos de este singular circuito dentro del Mundial de Fórmula 1.

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Tras el túnel vinieron, consecutivamente, la «nueva chicane»; la chicane de La Piscina; la curva del restaurante «La Rascasse» (donde el campeonísimo Michael Schumacher , vencedor en cinco ocasiones, «aparcó» deliberadamente en la sesión de clasificación de 2006 cuando Fernando Alonso estaba a punto de quitarle la «pole position» -menos mal que luego se hizo justicia y fue sancionado-); y nuestro punto de desvío, Anthony Noghes, donde hay un monumento en homenaje al que, para muchos, es el mejor corredor de la historia de la Fórmula 1, el argentino Juan Manuel Fangio.

Y todavía, cuando «dejamos» a Grace Kelly en su tumba -vaya subidita para llegar hasta el Palacio Grimaldi y hasta el panteón-, pasamos por la recta principal, ya que la parada de autobús donde nos bajamos para dirigirnos a la estación de trenes estaba allí situada.

Son recuerdos imborrables de mi paseo por unas calles donde, año tras año, se celebra una carrera que, para muchos, es una de las tres grandes joyas del automovilismo junto a las 24 Horas de Le Mans y a las 500 Millas de Indianápolis; una carrera que el mítico Ayrton «Magic» Senna ganó seis veces -cinco de ellas consecutivas-, y en la que otro «Magic», Fernando Alonso, ha vencido por el momento en dos ocasiones.

Un gran premio que discurre por un circuito estrecho y muy técnico, en el que es sumamente complicado adelantar, pero en el que te puedes ir contra el muro si te da por perder la concentración durante un solo instante, o si calculas erróneamente -aunque sea por muy poquito- el negociado de una curva o de una chicane. Una carrera, en resumen, para campeones, para pilotos de verdad.

Ayer los monoplazas comenzaron a rodar con los entrenamientos libres, aunque la verdadera competición tendrá lugar entre el sábado con la sesión de clasificación, y el domingo con la carrera. De momento Alonso domina con mano de hierro, pero los favoritos continúan siendo los Red Bull. El año pasado la victoria fue para Jenson Button y su imparable Brawn GP; este año el actual campeón forma parte de la escudería que mejor se ha adaptado históricamente a este recorrido, McLaren; pero la llave parece estar en manos de Sebastian Vettel y Mark Webber. Ferrari, por su parte, no gana en Mónaco desde 2001, pero con Fernando Alonso todo es posible. ¿Qué ocurrirá en 2010? Dentro de dos días lo sabremos.

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Finales de la NBA 1997 y 1998: Jordan, contra Utah

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (6)

El recuerdo de los momentos más memorables del deporte vistos desde mi perspectiva nos lleva esta semana al mundo del baloncesto; más concretamente a las series finales de la NBA más espectaculares que se han visto en la liga profesional norteamericana desde las que disputaban los Lakers y los Celtics en los 80.

Me refiero a las finales de 1997 y 1998 entre los Chicago Bulls y los Utah Jazz, en las que el mejor jugador de la historia del baloncesto, Michael Jordan, y sus compañeros de los Bulls ( Scottie Pippen, Toni Kukoc, Dennis Rodman, Ron Harper y Steve Kerr, entre otros) dieron el do de pecho ante un equipo fantástico, liderado por los excelsos John Stockton y Karl Malone, y con secundarios de lujo como Jeff Hornacek, Bryon Russell o Greg Ostertag.

Los Jazz, dirigidos por su histórico entrenador, Jerry Sloan, lograron en el 97 formar un equipo de armas tomar en torno a sus dos grandes líderes, y se presentaron en las finales por primera vez en su historia, en donde tendrían enfrente a los Bulls. Chicago por su parte, tras su primer triplete y la primera retirada de Jordan, lograron recomponer el equipo (sólo él, Pippen y el legendario técnico Phil Jackson continuaban de la anterior etapa), y el año anterior arrasaron tanto en liga regular (batieron el récord de victorias en la historia de la liga, con 72), como en los play-off.

En la campaña 96-97 los Bulls mantuvieron el nivel, pero los de la franquicia de Salt Lake City salieron verdaderamente respondones, lo que nos llevó a una de las finales más bellas y más emocionantes de los últimos 20 años, en la que todos los partidos se resolvieron por márgenes sumamente apretados.

Después de dos victorias de los Bulls en el United Center (la primera de ellas con una canasta ganadora de Jordan sobre la bocina), Utah igualó la serie en su fortín del Delta Center, imbatido desde hacía varios meses. El quinto encuentro, también en Utah (el formato de las finales de la NBA, al mejor de siete partidos, es 2 partidos en casa del equipo con ventaja de campo, 3 en cancha del rival y, si hacen falta, otros dos en el hogar del mejor clasificado), se presentaba vital para ambos conjuntos; y las cosas para los Bulls no pudieron comenzar peor, puesto que los días previos Jordan fue víctima de una fuerte gastroenteritis que le tuvo físicamente muy mermado.

Pero si los grandes campeones se distiguen por algo es por su capacidad de superación ante las adversidades. Jordan no sólo no fue baja, sino que salió a la cancha, se marcó 38 puntitos y fue, quién si no, el que le dio la puntilla a los Jazz con un triple decisivo a menos de medio minuto para el final.

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Los Bulls ganaron 88-90, y dejaron el título a punto de caramelo. Pero quien pensaba que el sexto partido iba a ser un paseo militar, se equivocaba profundamente. En Chicago los Jazz fueron por delante durante casi todo el tiempo, pero a los últimos segundos se llegó con empate a 86, y en esa tesitura nadie, absolutamente nadie, fue capaz de ganar a aquellos Bulls en situaciones límite.

En un tiempo muerto Jordan y su compañero, el base Steve Kerr («Wyatt Earp», el pistolero más rápido del oeste americano, para el gran Andrés Montes) planearon la jugada clave. Ante el sobremarcaje que iba a sufrir la estrella, Kerr, uno de los mejores tiradores de la NBA, estaría listo para resolver; y exactamente así sucedió.

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Simplemente, magistral. Toni Kukoc, la gran estrella croata, se encargó de cerrar la serie y el título con un mate, tras aprovechar una pérdida de los Jazz en el casi desesperado ataque final. Quinto anillo para Chicago, y una nueva prueba de fuego superada por un equipo mítico, comandado por un jugador verdaderamente legendario.

«¡Bienvenidoooos al vuelo número 23…!»
Pero, como diría el no menos mítico Super Ratón, no se vayan todavía, que aún hay más. La siguiente temporada fue la confirmación de los Jazz como verdadera alternativa al título, ya que mantuvieron la base que casi les llevó al éxito total en 1997, y además consiguieron la primera plaza en la liga regular, lo que les dio ventaja de campo durante todos los play-offs. Los Bulls, por el contrario, pese a mantener también el bloque, fueron dando más tumbos, como en la final de conferencia ante los Indiana Pacers, que solamente ganaron gracias al «factor cancha», justo lo que tendrían en contra en aquella ocasión ante Utah.

La de 1998 fue una final un tanto menos equilibrada y emocionante que la anterior, hasta que llegaron los últimos partidos. En el quinto los Bulls ganaban 3-1 y disponían de «match ball» en casa, pero se dejaron sorprender por Malone (imperial, con 39 puntos), Stockton y cía, con lo que si querían repetir triplete no tenían más remedio que vencer en territorio enemigo.

Sin embargo, como años después diría el compañero de Digital + Sixto Miguel Serrano, ¿cuántas veces estuvieron contra las cuerdas aquellos Bulls? Muchas. ¿Y cuántas se levantaron? Todas, absolutamente todas. Con Scottie Pippen presente pero lesionado en la espalda, y con Kukoc y Kerr ciertamente desacertados en ataque, el peso ofensivo lo volvió a llevar Michael Jordan (45 tantos, como si nada); y el desenlace, conocido hasta la saciedad, no merece más comentarios que el recuerdo de las imágenes y de las voces, como el año anterior, de Andrés Montes y de Antoni Daimiel.

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Seis anillos, seis; como en los mejores carteles taurinos. Ese fue el legado de unos Bulls y de un Michael Jordan que, tras aquel memorable final, se retiró por segunda vez, para reaparecer tres años más tarde en las filas de un equipo menor, como los Washington Wizards. Para los Jazz, para Stockton y Malone, aquellas dos finales supusieron el cúlmen de sus carreras deportivas, pero al mismo tiempo la gran oportunidad perdida para hacerse con un título. Y es que la «pareja de baile» más compenetrada de los 90 en la NBA entró a formar parte de una lista, la de los grandes jugadores (entre los que se encontraban ya otros como Charles Barkley o Shawn Kemp) a los que el señor Jordan impidió ganar el que posiblemente sea el trofeo más preciado por un jugador de baloncesto: un anillo de campeón de la NBA.

Pero para la memoria de los aficionados, Stockton, Malone y todos los Jazz de Utah fueron los principales responsables de ofrecernos un ciclo de dos finales de la NBA de las más espectaculares de toda la historia de la liga norteamericana de baloncesto; y los principales responsables de la nueva superación de ese ídolo de todos los aficionados al deporte de la canasta que es Michael Jeffrey Jordan.

Y en este recuerdo no podía faltar, para terminar, una mención especial, por supuesto, al grandísimo y tristemente fallecido en septiembre, el «negro» Andrés Montes, y a Antoni Daimiel. Sin sus extraordinarias retransmisiones para Canal + estas dos pedazo de finales no habrían sido lo mismo.

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El triunfo en el fútbol, broche de oro para España en Barcelona 92

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (5)

Sábado 8 de agosto de 1992. Los Juegos Olímpicos de Barcelona llegaban a su recta final, y en ellos el deporte español estaba logrando los éxitos más importantes de toda su historia. En total fueron 13 medallas de oro, 7 de plata y 2 de bronce, para un total de 22. Las preseas iban cayendo en deportes de todo tipo de modalidades, siendo el momento de mayor apoteosis la triunfal llegada de Fermín Cacho como campeón en los 1.500 metros, éxito del que hablaremos en otra ocasión.

Sin embargo, minutos después del enorme éxito de Cacho en el Estadio Olímpico, tendría lugar otro triunfo de bastante menor importancia dentro de la familia olímpica, pero casi tan significativo como éste para nuestro país. Me refiero, lógicamente, a la no menos apoteósica victoria contra Polonia (3-2) en la final de fútbol.

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Porque como sabe todo el que tenga mayor o menor idea de lo que son los Juegos Olímpicos, el fútbol no es precisamente uno de los deportes señeros dentro del programa; pero es obvio que, en España y en muchos países del mundo, es el más seguido, el más accesible y, por supuesto, el deporte rey; y que la selección española también aportara su granito de arena a la elevada cuenta de éxitos de aquellos míticos Juegos con el último de los oros no fue sino la guinda perfecta de aquellos 16 días de verdadera gloria para el deporte nacional.

Una gran generación
Después de una impecable trayectoria (cinco partidos, cinco victorias y cero goles en contra) en el estadio de Mestalla -entonces todavía se llamaba Luis Casanova-, España se plantó en la final del Camp Nou como máximo favorito para conquistar la medalla de oro. Aquel equipo, con Vicente Miera en el banquillo, estaba compuesto por hombres que luego desempeñarían un papel verdaderamente relevante a nivel nacional e internacional, como, por ejemplo, Pep Guardiola, ya cerebro titular del Barça de Johan Cruyff; Kiko -«Quico» por aquella época-, que comenzaba a destacar en el Cádiz; Alfonso, que intentaba abrirse paso en el Madrid, pero que alcanzaría verdadero renombre en el Real Betis Balompié; Luis Enrique, que desde el Sporting había llegado al Madrid y luego se convertiría en uno de los grandes ídolos del barcelonismo; Amavisca, producto de la cantera vallisoletana que dos años después formó un dúo letal en el Bernabéu junto a Zamorano; Ferrer, el «Chapi», el insuperable lateral derecho del Barça y, en sus últimos años, del Chelsea; Abelardo, cabecedor implacable desde su puesto de central, que logró aquel oro siendo del Sporting y que luego sería todo un pilar del Barça y de la selección absoluta; y Cañizares, que no pudo triunfar en el Madrid pero que, hasta hace nada, era el capitán del Valencia; aunque el portero titular de aquella selección terminó siendo otro grande como Toni, ex del Espanyol y del Atlético de Madrid.

Pero delante no estaba precisamente un equipo de Regional; sino Polonia, una selección que había maravillado durante todo el torneo con un fútbol eléctrico y vistoso, liderado por su trío atacante compuesto por Wojciech Kowalczyk -el famoso delantero que dos años más tarde acabó en el Betis de Serra Ferrer-; Andrezj Juskowiak, que hizo carrera en Grecia, Portugal y Alemania; y Ryszard Staniek, que también probó en la liga española, concretamente en el Osasuna.

Aquel día servidor de ustedes estaba en Riotinto pasando unas vacaciones con mi familia de la conocida localidad minera onubense; y cuando empezó la batalla mi querido tío Muñiz (que en paz descanse) y yo estábamos los dos pegados ante el televisor, dispuestos a disfrutar de un gran espectáculo. Sin embargo, como se esperaba, la selección polaca fue un hueso muy duro y, pese al mejor juego de España, fueron ellos los que se adelantaron en el marcador, al aprovechar Kowalzcyk un garrafal error de López, el defensa del Atlético, y batir a Toni en su salida. Primer gol que recibía el meta por entonces del Figueras en todo el torneo. Era el minuto 45, y todos nos llevamos un gran jarro de agua fría.

Había que reaccionar, y eso fue lo que hizo Vicente Miera. El técnico cántabro metió a su paisano Amavisca quien, desde la banda izquierda, dio mucha más consistencia al ataque de España. Una falta lateral provocada por él mismo a los 19 minutos significó el gol del empate, y la reactivación de las esperanzas de la afición española. Guardiola la puso medida al segundo palo y Abelardo se adelantó a todos y cabeceó impecablemente al fondo de las mallas. Polonia acusó el golpe, y 4 minutos después Kiko le «robó la cartera» a la defensa y batió al portero Klak con un sutil toque.

La selección había hecho lo más difícil; pero los polacos demostraron una vez más ser un equipo con carácter, que no se rendía ante las adversidades, y a falta de un cuarto de hora equilibraron la contienda. Staniek aprovechó un gran pase de su compañero Brzeczek, se benefició del error de la defensa española al hacer el fuera de juego y batió de nuevo a Toni con un toque de suprema calidad. Dos a dos a la media hora del segundo tiempo.

Era la hora del público, de las 95.000 personas que abarrotaron el Camp Nou, que animaron sin cesar al equipo desde el primer minuto hasta el último. Para que luego digan que Barcelona no es capaz de responder positivamente a la llamada de la selección española… En fin, que los espectadores llevaron en volandas a España, que no cejó en su empeño de ir a por la victoria, ante unos polacos que se encontraban a la espera de una contra con la que evitar una prórroga que, más que nunca, buscaban con verdadero ahínco.

Kiko nos lleva al éxtasis
La insistencia de la selección tuvo su fruto en el histórico último minuto de aquella final. El balón se marchó a córner después de una jugada de Luis Enrique; el saque de Ferrer lo recibió el propio jugador asturiano, cuyo chut lo rechazó la defensa. La pelota cayó entonces a los pies de Kiko, el mejor jugador de España en aquellos juegos, que mandó un certero disparo al fondo de las mallas, por encima de Klak y de los dos hombres que cubrían la portería polaca.

El gol de Kiko, que hizo que tanto mi tío como yo nos levantáramos del sofá para celebrarlo como se merecía, entró por derecho propio en la lista de goles memorables de la selección nacional -aunque no fuera con la absoluta-, junto, por ejemplo, al de Zarra a Inglaterra en el Mundial de 1950; al de Marcelino a la URSS en la Eurocopa de 1964; al de Rubén Cano a Yugoslavia en la clasificación para el Mundial 1978; al de Señor el día del mítico 12-1 a Malta; o al de Maceda a Alemania Federal en la Eurocopa del 84. Luego llegarían el de Fernando Hierro a Dinamarca en 1993; el de Alfonso a Yugoslavia en la Eurocopa 2000; y, por supuesto, el de Fernando Torres a Alemania en la final del torneo continental de hace dos años.

Fue el final soñado para el torneo de fútbol; tradicionalmente minusvalorado dentro del programa olímpico pero cuya final, gracias a estos dos grandes equipos y, especialmente para la afición española, gracias al golazo final de Kiko, se hizo un hueco con todos los honores dentro de los momentos estelares de -y no lo digo por chovinismo, entre otras cosas porque no es mi estilo- los mejores Juegos Olímpicos de la historia.

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Una medalla ganada con sangre, sudor y, sobre todo, muchas lágrimas

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (4)

Hoy voy a hablar de uno de los momentos más conmovedores del deporte español en la era moderna: la medalla de oro conquistada en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96 en la competición de conjuntos de gimnasia rítmica.

No es la rítmica la modalidad de la gimnasia deportiva que más me apasiona -quien me conoce más o menos bien sabe que yo tiro más hacia la artística-, pero la posibilidad de que un grupito de jóvenes deportistas, todas ellas más o menos de mi edad, se trajeran para España una medalla olímpica hizo que aquella noche -mañana en Estados Unidos- de principios de agosto de 1996 mis hermanos y yo estuviésemos, inevitablemente, pegados ante el televisor.

La rítmica española de conjuntos llegaba a la cita olímpica con un palmarés impresionante a lo largo de la década de los 90: campeonas mundiales del concurso completo en 1991 por delante nada menos que de la URSS, y multitud de medallas en las sucesivas competiciones; pero faltaba la medalla en los Juegos, una medalla que no llegó en Barcelona 92 por el simple hecho de que la Federación Internacional de Gimnasia (FIG) no incluyó esta modalidad en las olimpiadas celebradas en nuestro país.

No obstante, cuatro años más tarde los conjuntos sí que aparecieron por primera vez en el programa olímpico, y una nueva generación de gimnastas se encontraba ante una posibilidad histórica. El grupo de seleccionadas estaba formado por Estela Giménez, Estíbaliz Martínez, Marta Baldó, Lorena Guréndez, Nuria Cabanillas y Tania Lamarca; con la ex gimnasta María Fernández Ostolaza como entrenadora, y la búlgara Emilia Boneva como seleccionadora/directora. Ellas, junto a la sempiterna Paloma del Río que narró la final para TVE, nos hicieron pasar una jornada inolvidable.

La competición se disputó en Athens, ciudad situada a unos 100 km de Atlanta, en el mismo estado de Georgia; y a la final accedieron Bulgaria, España, Rusia, Bielorrusia, Francia y China. Se celebrarían dos ejercicios por país; el primero con cinco aros y el segundo con tres pelotas y dos cintas, y salvo sorpresa las medallas se las iban a repartir Bulgaria -campeona mundial-, España y Rusia, porque el resto estaba a mucha distancia.

Nuestras chicas realizaron su primer ejercicio -cinco aros- después de las búlgaras y antes que las rusas. A ritmo principalmente de West side story, España -con Estela, Estíbaliz, Marta, Nuria y Tania en pista, y Lorena de suplente porque sólo podían salir cinco gimnastas- cautivó al público y a las jueces con una serie de originales lanzamientos y combinaciones; finalizando la primera rotación en cabeza, con 17 milésimas de ventaja sobre Rusia, y 67 sobre Bulgaria.

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La mitad del trabajo estaba hecho. Quedaba el ejercicio de pelotas y cintas; Bulgaria había metido presión con una más que notable ejecución, y había que templar los nervios. El ejercicio, para el que entró Lorena por Nuria, salió más que redondo, y las españolas superaron definitivamente a las búlgaras. Faltaban las rusas que, como en la anterior rotación, salían justo después: en poco menos de tres minutos -aproximadamente lo que duraba cada puesta en escena- se sabría si España era oro o plata.

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Y a las rusas les pudo la tensión. Fallaron primero en una recogida de pelota aparentemente sencilla y luego al dejar caer uno de los extremos de una de las cintas. Así pues, el oro, la ansiada medalla de oro, fue para España; la plata, para Bulgaria; y el bronce, para Rusia.

La ceremonia de entrega de medallas fue el momento emotivo de la noche. Las gimnastas del equipo español recibieron sus correspondientes preseas coreadas con «olés» por el público asistente; y cuando estaba sonando el himno nacional el nudo que se le hizo en la garganta a Estela y, sobre todo, las lágrimas de Tania, nos conmovieron profundamente a todos.

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No es oro todo lo que reluce: la cara amarga de este triunfo
Porque si algo les costó esta medalla a las gimnastas españolas fueron, precisamente, lágrimas. Lágrimas por verse ahí, escuchando el himno español, y con una medalla de oro al cuello; pero lágrimas también por el enorme sacrificio de los 2-3 años anteriores, escasamente recompensado en el futuro.

Meses antes de la celebración de los Juegos una de las jóvenes que peleaba por entrar en el equipo, María Pardo, decidió abandonar la concentración debido a que fue incapaz de soportar la presión a la que estaba siendo sometida. De ahí en adelante, todo se tiñó de polémicas; acusaciones de excesiva severidad y malos tratos por parte de la seleccionadora; y también hacia la Federación, a quien se acusó de dejar «tiradas» a las gimnastas una vez finalizada su carrera deportiva, habiendo salido de la «burbuja» en la que se encontraban mientras se dedicaban a sus entrenamientos.

El diario de María salió a la luz dos meses después del éxito obtenido por sus compañeras en Atlanta. Más tarde, en 2001, Nuria Cabanillas declaró en el Senado sobre sus vivencias particulares y sobre la situación en la que quedaron ella y varias de sus compañeras al terminar su carrera deportiva -en un documento largo pero interesantísimo, que llega a poner por momentos los vellos de punta, y que recomiendo a todos aquellos que tengan interés por saber un poco más del tema-; y hace un par de años, Tania Lamarca, la gimnasta que rompió a llorar en el podium y que se puede decir que fue la que peor acabó con la Federación -se vio envuelta en un asunto tan polémico y tan delicado en la rítmica como el del sobrepeso de las gimnastas-, se decidió a publicar un libro, Lágrimas por una medalla, en el que cuenta con pelos y señales todo lo que a ella le ocurrió antes y después de participar en Atlanta; un libro que todavía no ha llegado a mis manos, pero que si algún día lo hace, lo leeré con sumo interés.

Son las luces y las sombras de un histórico momento del deporte español; un momento que, particularmente, hoy en día me sigue emocionando no ya por el oro en sí, sino porque cada vez soy más consciente de todo lo que les costó lograrlo a las chicas, y de lo mal que trataron a algunas de ellas desde la Federación. Ya sé que la gimnasia, tanto artística como rítmica, es un deporte tremendamente sacrificado, pero una cosa es esto y otra muy distinta lo que acabo de contar; y también sé que no tengo pruebas, que sólo conozco la versión de las deportistas; pero qué queréis que os diga, yo las creo.

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Tour de Francia 1991: Miguel Indurain, camino de Val Louron, comienza a escribir su historia

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (3)

1991 fue un año histórico para el ciclismo español, pues en él se produjo la explosión definitiva de un diamante hasta entonces en bruto, pulido cuidadosamente año tras año. Hablo de Miguel Indurain, que hasta aquel año había llevado a cabo una constante progresión (2 París-Niza; «Volta» a Cataluña; Clásica de San Sebastián, incluida por entonces en la llamada Copa del Mundo; dos etapas pirenaicas en el Tour de Francia y, ya en el mismo 1991, segundo en la Vuelta a España), pero que desde entonces, hasta 1996 en que se retiró, pasó a ser considerado como el mejor deportista español de toda la historia.Chiappucci gana en Val Louron; Indurain, detrás, celebra el comienzo de su reinado en el Tour de Francia. Foto: Cor Vos.

Éste es el primero de una serie de capítulos, aunque no consecutivos, que, como no podía ser de otra forma, le voy a dedicar en esta sección a la mítica figura del entrañable «Miguelón». Después de acabar clasificado en la vuelta únicamente tras Melchor Mauri, Indurain llegaba al Tour de Francia compartiendo jefatura de filas en el Banesto junto a un Perico Delgado al que ya le estaba llegando la decadencia.

El corredor navarro, gran especialista en la lucha contra el reloj, dio su primer aviso ganando la octava etapa, la primera «crono» de aquel Tour, entre Argentan y Alençon, nada menos que de 73 kilómetros. Indurain, que salió muy pronto, tuvo que esperar durante mucho tiempo a que su gran rival por el triunfo, Erik Breukink, se hundiera en los últimos kilómetros; y a que el gran favorito para la victoria final en la carrera francesa, Greg Lemond -que llevaba ya tres Tours-, acabara a tan sólo 8 segundos. Fue su primer triunfo en una contrarreloj en el Tour, lo que le supuso acercarse mucho a los primeros clasificados en la general.

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Pero no fue hasta la 13ª jornada, en la etapa reina de aquel Tour (Jaca-Val Louron, 232 km), cuando «Miguelón» asestó el gran golpe. El recorrido incluía casi todos los principales «colosos» pirenaicos: Aubisque, Tourmalet, Aspin -casi «ná»-, junto a un pequeño pero duro puerto final de 6 kilómetros, Val Louron, que era donde acababa la etapa, y que ha pasado a la historia como aquél que vio a Indurain vestirse por primera vez de amarillo.

A 65 kilómetros de la meta, recién coronado el Tourmalet, Miguel lanzó un terrible ataque en el descenso -otra de sus especialidades- qe sorprendió a todos. El corredor nacido en Villava estaba situado 5º en la general, a 4:44 del líder, el francés Luc Leblanc -aunque el que verdaderamente mandaba seguía siendo Lemond-, por lo que en un primer momento el pelotón no le dio demasiada importancia a aquel demarraje. ¿Todo el pelotón? No; hubo un corredor, ni más ni menos que «Il Diavolo», Claudio Chiappucci, que vio que aquel ataque iba a ser bueno y, pocos kilómetros después, salió del grupo para unirse a Indurain quien, aconsejado por su director, José Miguel Echavarri, le esperó.

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Juntos continuaron con la galopada; y juntos, pese a los esfueros desesperados de Gianni Bugno y de Laurent Fignon por cazarlos, se presentaron en Val Louron, donde Miguel agradeció a Chiappucci la enorme colaboración prestada «cediéndole» la victoria, porque el liderato era indiscutiblemente suyo. Bugno llegó a 1:29; Fignon a casi 3 minutos; y Lemond, que sufrió una importante pájara, perdió más de siete.

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Recuerdo que aquel mes de julio estaba yo con mi familia en Punta Umbría, en un apartamento que habíamos alquilado para pasar unos días de vacaciones. Yo no era un gran aficionado al ciclismo, lo que no era óbice para que estuviera al tanto del desarrollo del Tour; pero aquel día, cuando supe de la escapada de Indurain, no pude por menos que pegarme al televisor para seguir las andanzas de nuestro gran campeón. Se puede decir, pues, que aquella mítica etapa me aficionó definitivamente al ciclismo, uno de los más bellos deportes que hay en el mundo pese a los esfuerzos de mucha gente -empezando por personas del propio mundillo- por mancharlo constantemente.

Indurain aguantó como un campeón las «emboscadas» -deportivas, se entiende- de Bugno, Chiappucci y Fignon tanto en las peligrosas etapas del Macizo Central como en Alpe D´Huez; y remató la faena en la última contrarreloj, camino de Maçon. Al navarro le acompañaron en el podium Gianni Bugno y Claudio Chiappucci, poniéndose fin, definitivamente, al reinado de Greg Lemond en la carrera francesa.

A aquel primer Tour le siguieron multitud de grandes triunfos: otros cuatro Tours, dos Giros, un Récord de la Hora, un Campeonato del Mundo de Contrarreloj, y un oro olímpico, también en la lucha contra el crono, entre otros. Algunos de ellos los iremos recordando como se merece, con el paso de las semanas.

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