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Eduardo Vasco: muchas más luces que sombras en la CNTC


Quien bien me conoce es sabedor del aprecio profesional y personal que le tengo a este gran -y controvertido al mismo tiempo- director escénico que es Eduardo Vasco. No me considero amigo suyo ni mucho menos; pero desde que fuera profesor mío en la UNIA (Universidad Internacional de Andalucía, curso de Dirección Escénica en la Sede «Antonio Machado» de Baeza) en julio de 2006, las pocas veces que nos hemos encontrado -siempre a raíz de alguno de sus trabajos- se ha portado muy bien tanto conmigo como con mis amigos más cercanos. Lo que no me impide, por supuesto, hacerle críticas negativas cuando considero que no hace las cosas bien, pero siempre desde el respeto.

Por eso hoy, día 27 de marzo, Día Mundial del Teatro -o al menos eso dicen-, me parece oportuno realizar un breve compendio de su trayectoria en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (de aquí en adelante CNTC), a la que estuvo dirigiendo durante ocho años (2004 a 2011, ambos inclusive) antes de ser sustituido por Helena Pimenta; y de la que se ha despedido, espero y deseo que momentáneamente, con su reciente montaje de El perro del hortelano, de Lope de Vega.

Han pasado ya casi doce años desde aquel Don Juan Tenorio, en coproducción con el Centro Dramático Nacional, que supuso el bautismo de Eduardo en la CNTC. Una versión encabezada por Ginés García Millán y Cristina Pons de la que que no pude llegar a disfrutar, primero porque nunca llegó a Sevilla; y segundo, porque mi relación con el mundo del teatro clásico por aquella época todavía era poco menos que inexistente.

Tuve que esperar hasta 2006, en el curso anteriormente citado, para conocerle y poder empezar a evaluar su labor en la que para mí es la compañía teatral más importante que tenemos en España, y también la más olvidada a la hora de la concesión de los más renombrados galardones. En Baeza analizamos los que en mi opinión son sus dos mejores trabajos: El castigo sin venganza, texto de nuestro «Fénix» particular al que le he terminado profesando un amor incondicional por su gran lirismo y calidad dramática; y Don Gil de las calzas verdes, la divertidísima obra que surgió de la pluma de Tirso de Molina. Desde entonces, no he visto todos sus montajes pero sí muchos de ellos, con lo que me considero perfectamente capacitado para juzgarle profesionalmente.

Recuerdo que meses antes, cuando «El castigo» vino a Sevilla, la crítica local fue feroz con él -lo que me echó para atrás a la hora de decidirme a ir al Lope de Vega-, por el hecho de trasladar la acción de la Italia del XVII a la Italia de Mussolini. Hoy en día, después de haber tenido la ocasión de ver el montaje completo en DVD, sigo sosteniendo que yo no habría hecho eso y que continía chocándome ver vestidos al Duque de Ferrara y compañía con ropajes fascistas; pero no dejo de reconocer que para llevar a cabo un cambio de época tan radical -y razonarlo adecuadamente- hay que tener agallas y personalidad. Por no hablar de que los críticos, en el fondo, se pasaron bastante porque aquel montaje, a excepción de ese detalle, realmente era -y sigue siendo- de notable calidad interpretativa, con unos grandísimos Arturo Querejeta (Duque) y Clara Sanchis (Casandra), especialmente.

El atrevimiento a la hora de situar temporalmente las obras ha sido una de sus cualidades más destacadas; lo que no siempre le ha salido bien, todo hay que decirlo. Otro rasgo personal es su minimalismo escénico que también ha llegado a crear cierta controversia, y que parece haber dejado a un lado en varios de sus últimos trabajos.

Pero, sin duda, el gran legado de Eduardo Vasco en la dirección de la CNTC ha sido la apertura de miras, llevar al teatro español más allá de los Lope, Calderón o Tirso, permitiéndonos descubrir a otros autores menos conocidos, bien a través de sus propios montajes, bien con los montajes de otros directores escénicos gracias a su visto bueno como máximo responsable de la compañía.

Con él como cabeza visible, han llegado a la CNTC nombres como Vélez de Guevara y su «Serrana de la vera«, o el portugués Gil Vicente (cuando Portugal pertenecía a España, en el siglo XVI) con la Tragicomedia de Don Duardos; han regresado otros como Guillén de Castro (excelente El curioso impertinente que pude disfrutar en Niebla, en 2007); se le ha otorgado un destacado espacio a Cervantes (la peculiar comedia La entretenida y una adaptación dramática de su Viaje del Parnaso); y se ha expandido temporalmente el repertorio hasta el XVIII, con los Sainetes de Don Ramón de la Cruz.

Por no hablar de que también con Eduardo se ha creado cantera, gracias a la puesta en marcha, allá por 2007, de la Joven CNTC (heredera de la Escuela de Teatro Clásico puesta en marcha en los inicios de la compañía por Adolfo Marsillach), de donde ha salido la última gran joya interpretativa de nuestras artes escénicas, Eva Rufo.

Aunque no todo ha sido positivo. Sus diferencias de varios tipos con algunos de los trabajadores de la CNTC desembocaron en una huelga allá por mayo de 2010, que posiblemente precipitó su definitiva salida. Desconozco si los huelguistas tenían o no razón en sus revindicaciones, puesto que nunca he estado dentro de la CNTC; si bien es cierto que cuando el río suena… y aquella vez lo hizo con bastante fuerza.

Así pues, son aspectos que no debo entrar a valorar porque puedo meter la pata a base de bien; mi labor se limita a hacer constar lo que ocurrió. En tal caso, creo que si lo ponemos todo en una balanza nos sale, como resultado de todos estos años, una gestión en la que, por lo menos en el plano artístico, ha habido muchas más luces que sombras en el seno de la CNTC. Y de ello el responsable ha sido Eduardo Vasco, a quien ya podemos ver de nuevo en Noviembre Teatro, su compañía reactivada hace escasos meses.

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Notable despedida de Eduardo Vasco de la CNTC

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: EL PERRO DEL HORTELANO
AUTOR: Lope de Vega
COMPAÑÍA: Compañía Nacional de Teatro Clásico
REPARTO: Eva Rufo, David Boceta, Joaquín Notario, Isabel Rodes, Pedro Almagro, Alberto Gómez, María Besant, Luisa Martínez, David Lorente, Rafael Ortiz, Miguel Cubero, David Lázaro, José Juan Rodríguez y José Luis Santos.
MÚSICA: Alba Fresno (Viola de Gamba), Sara Águeda (Arpa) y Eduardo Aguirre de Cárcer (Percusión)
ESCENOGRAFÍA: Carolina González
VESTUARIO: Lorenzo Caprile
VERSIÓN Y DIRECCIÓN: Eduardo Vasco
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 9-3-2012
AFORO: Casi lleno
DURACIÓN: Unas dos horas
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Se puede afirmar, no necesariamente con connotaciones negativas, que Eduardo Vasco no es el que era. Sin dejar los grandes dramas, parece que el director madrileño se está haciendo más prolijo últimamente en comedias y montajes especialmente vistosos y divertidos, como si pretendiera llegar más aún al público, o bien demostrar que es capaz de dominar todos los registros de la dirección escénica. Tal vez haya de todo un poco.

Y precisamente ha elegido una de las comedias más populares de nuestro «Fénix» de los Ingenios para despedirse, esperemos que sólo temporalmente, de las colaboraciones con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, una vez abandonado su cargo de director de la misma. El perro del hortelano, la comedia palatina que cuenta la turbulenta relación entre Diana, Condesa de Belflor, y su secretario Teodoro, sita en Nápoles -para burlar las restricciones de la «Santa» Inquisición del siglo XVII- y con el amor de distintas clases sociales de por medio, es uno de los títulos más conocidos de Lope de Vega, aunque para mi gusto un escalón por debajo en cuanto a calidad de El castigo sin venganza, Fuenteovejuna y El caballero de Olmedo.

Como casi cada vez que andan de por medio Vasco y la CNTC, las virtudes del montaje superan en mucho a los defectos; así que comenzaremos por estos últimos para así quitárnoslos de enmedio cuanto antes. El primero de ellos es David Boceta, el actor que interpreta a Teodoro. No es que lo haga fatal, ni mucho menos; pero no da la talla en comparación con sus compañeros de reparto, especialmente con Eva Rufo. Se supone que Teodoro es un personaje que, moviéndose primero por el interés de ascender social y nobiliariamente siendo conde de Belflor, termina enamorándose de Diana; y Boceta en ningún momento da la sensación de experimentar dicha evolución dado que su interpretación, cuando más calidez y emotividad requiere, es tremendamente fría.

Y la segunda nota negativa viene del exagerado tratamiento de chanza que se le da a la aparición del Conde Ludovico, el «padre» de Teodoro -llevado de forma excelente por el veterano José Luis Santos-. La ridiculización de los representantes de las clases nobles -a excepción de Diana- mostrada por Eduardo Vasco funciona muy bien durante toda la obra, como puede verse con el Marqués Ricardo (David Lorente), el Conde Federico (Miguel Cubero) y sus respectivos criados (Rafael Ortiz y David Lázaro); pero una escena como la del viejo Conde Ludovico en la que un padre cree haber encontrado a su hijo debía haber sido tratada de otra forma, más seria y con mucha más emotividad.

Son las dos «pegas» de un montaje que por lo demás, cumple de manera excelente con aquello para lo que ha sido creado: dar a conocer un poco más a Lope y a la parte principal de su obra; y divertir al público con un producto de calidad. ¿Cómo? Pues para empezar, colocando en el reparto a EVA RUFO.

Esta actriz madrileña, dada a conocer hace algunos años en la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, y a quien pude ver hace algo más de un año en El alcalde de Zalamea como Isabel, la hija de Pedro Crespo, interpretando magistralmente su monólogo en el acto final de la obra de Calderón, literalmente se luce en El perro del hortelano con una actuación en la que combina perfectamente la actitud desdeñosa de Diana con la carga dramática de la condesa enamorada, esa que que es incapaz de mostrar con Teodoro su «partenaire» David Boceta.

Sin duda, la presencia de Eva Rufo supone lo mejor de todo el montaje; aunque sería injusto que eclipsara a otro veterano como Joaquín Notario, capaz de meterse hace meses en la piel de Pedro Crespo y luego, en su siguiente trabajo, pasar perfectamente por el típico criado gracioso de las comedias lopescas -Tristán, en este caso- capaz de ayudar a su amo y de engañar a los demás siempre para sacar beneficios tanto para éste -Teodoro- como para él mismo. Su prestigio como actor escénico queda de manifiesto una vez más.

La música, como prácticamente en la totalidad de los trabajos de Vasco, también está presente de forma muy acertada, combinando el sonido de la viola de gamba (tocada por Alba Fresno) con el arpa (Sara Águeda) y los instrumentos de percusión (Eduardo Aguirre de Cárcer), ubicados al fondo del escenario. Todo ello, además, con una dosis de canto -coral e individual, con Miguel Cubero- que parece haber adoptado el director madrileño para la gran mayoría de sus montajes -tanto en la CNTC como ahora en Noviembre Teatro- desde que exhibiera el calderoniano texto El pintor de su deshonra .

El vestuario, de diez, como suele ocurrir con Lorenzo Caprile; mientras que, escenográficamente hablando, Eduardo Vasco abandona su clásico minimalismo para ofrecernos una destacada variedad de telones, celosías y demás elementos escénicos que, a su manera, contribuyen a que la despedida de Vasco de la CNTC sea, si no clamorosa y sobresaliente, sí al menos notable y próxima a la máxima calificación y consideración, al menos por mi parte.

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Un Shakespeare menor, pero genialmente divertido

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: NOCHE DE REYES
AUTOR: William Shakespeare
COMPAÑÍA: Noviembre Teatro
REPARTO: Arturo Querejeta, Fernando Sendino, Beatriz Argüello, José Ramón Iglesias, Daniel Albaladejo, Rebeca Hernández, Maya Reyes, Héctor Carballo, Francesco Carril, Jesús Calvo y Ángel Galán
ADAPTACIÓN MUSICAL: Ángel Galán y Eduardo Vasco
VESTUARIO: Lorenzo Caprile
VERSIÓN: Yolanda Pallín
DIRECCIÓN: Eduardo Vasco
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 17-2-2011
AFORO: 3/4 (solamente en patio de butacas)
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Eduardo Vasco ha demostrado, una vez más, que sabe dominar cualquier registro y cualquier género teatral. Salvo contadas excepciones, el director madrileño -a quien conozco personalmente desde hace algunos años- suele dotar de una gran calidad a sus montajes, ya sean grandes dramas de honor o comedias concebidas exclusivamente para hacer reír al público, y casi siempre sobre textos considerados no como obras «cumbres» por los críticos literarios.

Y eso es lo que ha vuelto a hacer con este Shakespeare desconocido para
el gran público, en la vuelta a la actividad de su compañía, Noviembre, tras siete años al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Una Noche de reyes concebida por el genio inglés con menor calidad quizás que otros míticos títulos suyos como Romeo y Julieta o Hamlet, pero que en manos de Vasco y su elenco se convierte en un producto que probablemente llegue con mayor facilidad al público que algunos de sus anteriores para la CNTC, pero al que no hay que negar en absoluto sus virtudes, que las tiene y muchas.

Magnífica la forma de combinar la música -con Ángel Galán al piano- con la historia de los dos hermanos mellizos, Viola y Sebastián, que se ven separados por culpa de un naufragio y que por los avatares del destino, terminan por recalar en el mismo lugar por separado, creyendo cada uno de ellos que el otro ha perecido. Un trabajo coral, en el que destaca por encima de las demás la figura de Arturo Querejeta.

El veterano actor, curtido en mil batallas, sorprendió a quien suscribe esta crítica con una nueva faceta, con la que añade a su maestría a la hora de interpretar unas notables cualidades para el canto. Querejeta, junto a sus «compadres» escénicos Fernando Sendino y José Ramón Iglesias -dos veteranos ya de la CNTC, como el propio Querejeta y otros, que ahora acompañan a Eduardo Vasco en Noviembre-, es quien lleva el peso escénico en la mayor parte de la obra. Los tres, con sus respectivos papeles de borrachos algo «tocados del ala», provocan las risas del público, por ejemplo en escenas como la «serenata» nocturna.

Y la última gran «pata» interpretativa del montaje es Beatriz Argüello en su papel de Viola -o «Cesario», como cada cual prefiera-, con claras reminiscencias -o al contrario, porque se presume que la fecha de creación de Noche de Reyes es anterior- de la doña Juana de Don Gil de las Calzas Verdes. Argüello, a quien yo ya había visto en 2004 haciendo de doña Inés en El caballero de Olmedo (CNTC), también nos ofrece una notable puesta en escena, sabiendo transmitir el enredo típico de los personajes que, eventualmente, «cambian» de sexo.

Los demás no desentonan, en absoluto. Daniel Albaladejo, otrora protagonista de anteriores montajes para la CNTC, hace bastante bien un papel muy importante en la historia pero de menor cuantía escénica, como el del duque Orsino de Iliria; Rebeca Hernández -la condesa Olivia- protagoniza divertidos «bis a bis» con Beatriz Argüello; mientras que Maya Reyes, como la doncella María, contribuye junto al «trío ebrio» antes señalado a hacerle la vida imposible, como el montaje se merece, al patético y altivo mayordomo Malvolio, a quien en este caso honra magníficamente Héctor Carballo.

Todo con una escenografía de fondo muy al estilo de Eduardo Vasco -es decir, destacadamente minimalista-, el vestuario de Lorenzo Caprile y unas coreografías musicales que, como he comentado en la primera parte de la crítica, forman parte fundamental del éxito de esta Noche de reyes, tanto en la crítica como también entre los espectadores… aunque el pasado viernes no quedara demostrado por la escasa afluencia del Lope de Vega, teniéndose que cerrar casi la totalidad de las zonas para que la principal, el patio de butacas, presentara un aspecto decente.

Antes de terminar, una nota personal. Eduardo, me gustaría darte las gracias por invitarnos -así lo entendimos nosotros- a mis amigos y a mí a pasar para intercambiar algunas palabras con quienes estuvieron sobre las tablas del Lope; pero por desgracia -y no por culpa vuestra, como puedes ver en este artículo- no era el día más adecuado para ello. Te esperamos -al menos artísticamente hablando- de nuevo dentro de tres semanas, con El perro del hortelano.

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«Por los pelos»: la «contracrítica»

Tomo la palabra a mi ya estimado Marcelo Casas, y por ello titulo de esta forma este artículo, destinado a ofrecer una segunda visión acerca de esta peculiar obra de teatro que tanto éxito está teniendo allá por donde va. Pero, a diferencia de lo que me sugirió en la noche del pasado viernes, no la voy a realizar partiendo del trabajo desempeñado por algún crítico profesional, sino de lo que yo mismo expuse en el espacio que están ustedes viendo allá por las últimas fechas del pasado mes de octubre, durante su anterior visita a Sevilla.

Gracias a la gentileza de Por los Pelos Teatro/Producciones Marcelo Casas y a la de una de sus productoras, Laura Santana, el destino nos proporcionó una segunda oportunidad a mí y a mis amigos principales para poder disfrutar de nuevo de esta forma de hacer teatro, en la que se cumple como nunca la máxima escénica que reza que ninguna representación es igual a la anterior.

Como muy bien dice en su blog mi muy querida amiga y compañera teatral Laura López, desde el momento en el que ocupamos nuestros respectivos asientos en el Teatro Quintero ya no éramos -a excepción de los «noveles» Massimo y Mª Jesús- los típicos espectadores que acuden a una función esperando a ver qué les ofrecen; para nada. Sabíamos perfectamente a lo que íbamos, lo que siempre supone para quien actúa -aunque no sea consciente de ello porque ni mucho menos tiene por qué saber si quien le observa ya lo ha visto con anterioridad- una dificultad extra a la hora de ser evaluado. Y a fe que esta obra y este elenco han superado esto con creces.

El lugar, el mismo: el Salón de Estética Unisex Tony´s; los protagonistas, los de la vez anterior, a excepción de Pablo Paz -el agente de policía Miguel Torres-, sustituido por Arturo Gregorio; la trama, la que todos ya conocemos; la calidad interpretativa, la misma o mejor aún. El desenlace, desgraciadamente, idéntico al de la vez anterior, a pesar de lo que luchamos por evitar que saliera de nuevo como asesino el personaje de Alicia Martos; aunque ello nos dio la oportunidad de disfrutar de nuevo con las extraordinarias dotes artísticas de Eva García-Vacas, capaz de pasar en un pis-pas, de forma sobresaliente, del «estilo Belén Esteban» al drama puro y duro.

Pero entre medias, el plato fuerte de la obra, la interacción con los espectadores, que nos volvió a ofrecer instantes realmente memorables. Es extremadamente divertido que te ofrezcan la oportunidad de hacer de testigo en un caso como éste; y eso, como en cada una de las funciones, lo volvió a agradecer el también llamado «respetable».

Un público mayoritariamente de la tercera edad, que parece haber encontrado su hueco en la primera representación de los viernes, la de las 19:00; lo mismo que las familias y la gente más joven también gozan del suyo. Porque Por los Pelos es una obra que gusta a todo el mundo, ya que no sólo te brinda la oportunidad de intercambiar opiniones con los personajes -en la sala, y durante el descanso en el ambigú-, sino incluso de subir al escenario y participar sobre las tablas, como así sucedió en la temprana sesión del pasado viernes.

Y si además de hablar con los personajes también puedes hacerlo con los actores una vez terminado su trabajo, la noche adquiere ya tintes realmente mágicos para todos aquellos a los que nos gusta el buen teatro. Desde DAME UN SILBIDITO quiero agradecerle a Laura Santana la oportunidad concedida, así como a los fenómenos Marcelo Casas -me quedo con las ganas de ver el final de Tony-; Juanjo Pérez Yuste -de «policía», de «ladrón», pero lo importante en estos tiempos que corren es seguir trabajando-; Jesús Cabrero -como bien sabes, votamos por tu «alter ego» Eduardo López, pero sin rencores, ¿ok?-; Pilar Barrera -¿incriminarán algún día a tu Pitita, «Señora de la Mar Serena»? Sería muy interesante, artísticamente, verte ahí-; y Eva García-Vacas -de vez en cuando es bueno «librarse» de la policía, aunque si salir culpable supone verte actuar, entonces que te cojan las veces que quieran-.

¿Por qué? Entre otras cosas, por la amabilidad y la sencillez demostrada en el trato humano con nosotros; por la paciencia que tuvisteis a la hora de satisfacer todas nuestras curiosidades -muy especialmente las mías, que no fueron pocas-; y por compartir con nosotros, además de unos minutos de tertulia en los albores de la madrugada, el recuerdo gráfico que ilustra esta «contracrítica». Ojalá podamos volver a vernos muy pronto, con Por los Pelos -de verdad que no me importaría una tercera vez-, o con lo que venga bien.

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En efecto, otro teatro es posible

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: LA CASA DE BERNARDA ALBA
AUTOR: Federico García Lorca
COMPAÑÍA: TNT-EL VACIE
REPARTO: Rocío Montero Maya (Bernarda), Mª del Carmen Lérida (Josefa, la abuela loca), Lole Del Campo Díaz (Martirio), Sandra Ramírez Montero (Angustias), Ana Jiménez García (Magdalena), Carina Ramírez Montero (Amelia), Sonia Joana Da Silva (Adela), Pilar Montero Suárez (Criada) y Bea Ortega (Poncia).
VERSIÓN/DIRECCIÓN: TNT-EL VACIE/Pepa Gamboa
LUGAR: Centro TNT (Sevilla)
DÍA: 11-11-2011
AFORO: Casi completo
DURACIÓN: Algo más de una hora (sin contar el homenaje previo a Mari Luz Navarro, la antigua «abuela loca»)
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Debo reconocer que el pasado viernes acudí al sevillano Centro TNT con curiosidad, intriga y también algo de escepticismo, no por dudar del enorme trabajo desempeñado por la compañía TNT y por las gitanas de El Vacie, eso jamás en la vida; sino por el resultado final del mismo, visto desde la óptica de un buen conocedor (que no excelso aficionado) del teatro de Federico García Lorca.

Pese a las críticas notablemente positivas cosechadas por la obra en los dos años que lleva en escena, tenía que ver cómo entraba por los ojos de un servidor una representación en la que a duras penas se iba a poder «escuchar» al propio Lorca, por mucho que su espíritu fuese rigurosamente respetado.

Y el resultado difícilmente puede ser mejor. Un montaje, como es lógico, adaptado a «personas sin alfabetizar que sólo habían pisado una vez en su vida un teatro» (dice textualmente el programa de mano); un montaje visiblemente distinto a lo que se puede observar en una puesta en escena de las denominadas «clásicas» de este texto, obra señera donde los haya dentro de la historia del teatro español; pero un montaje que deja más que satisfecho a cualquier buen aficionado al teatro que, además, goce de un mínimo de sensibilidad.

La preeminencia del texto escrito y recitado, típico del universo literario lorquiano, deja paso aquí a las expresiones artísticas más características de la idiosincrasia y la cultura gitana: el baile y el cante popular al estilo flamenco. Todo ello en aproximadamente una hora, para permitir el lucimiento de un elenco de artistas (se les debe llamar así) que han encontrado en el teatro, y en el espectáculo en general, un motivo para evadirse temporalmente de las penurias que sufren en el enclave chabolista ubicado al norte de Sevilla y, al mismo tiempo, también para reivindicar tanto una mejora de sus condiciones de vida como, en el plano artístico, que otro teatro es posible.

Porque ese precisamente es el lema del equipo encabezado por Pepa Gamboa y por quienes podéis observar en el reparto. Un lema que se cumple a la perfección, tal y como ocurre también, por ejemplo, en aquellos centros escolares que gozan de personal que apuesta por preparar regularmente este tipo de actividades para los niños. Sobre todo, sin desmerecer a los demás, en los más marginales -lo dice quien ha ayudado a su padre durante años a montar algunos de éstos en un colegio de este tipo en San Juan de Aznalfarache-.

Al son que marca Poncia (interpretada por la paya Bea Ortega) transcurre la narración de los acontecimientos de esta versión, en la que la garra de las gitanas que forman el clan de Bernarda Alba (según la sobrina de Lorca esta es la «Bernarda» que quería su tío) por momentos llega a poner los vellos de punta al público asistente con su manera de interpretar y de hacernos ver los principales temas de la obra, muy al estilo de la etnia gitana: el encerramiento de la mujer y la única preocupación de la matriarca de mantener las apariencias con respecto a la honra de la familia, aún a costa de falsear la llamada prueba del pañuelo.

Todavía, dentro del homenaje a Mari Luz Navarro -la gitana que hacía el papel de la abuela loca y que, por desgracia, falleció recientemente- el grupo TNT-EL VACIE dará un par de funciones más en Sevilla, los días 25 y 26 de noviembre. Una buena ocasión para quienes todavía no hayan visto el montaje lo hagan, porque puedo asegurar que merece muy mucho la pena.

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La interactividad en el teatro, en estado puro

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: POR LOS PELOS
AUTOR: Paul Pörtner
COMPAÑÍA: Producciones Marcelo Casas
REPARTO: Marcelo Casas, Eva García-Vacas, Juanjo Pérez Yuste, Jesús Cabrero, Pilar Barrera y Pablo Paz.
VERSIÓN/DIRECCIÓN: Marilyn Abrams y Bruce Jordan/Cesáreo Estébanez
LUGAR: Teatro Quintero (Sevilla)
DÍA: 29-10-2011 (sesión de las 22:30)
AFORO: Casi completo
DURACIÓN: 2 horas y 15 minutos (duración variable), con un descanso de 10 minutos
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Los aficionados al teatro debemos estar agradecidos a seis personas: de una parte al dramaturgo alemán Paul Pörtner, por haber creado en 1963 la obra Scherenschnitt oder Der Mörder sind Sie; de otra, a los señores Marilyn Abrams y Bruce Jordan, por traducirla al inglés y adaptarla bajo el nombre de Shear Madness, para difundirla por los Estados Unidos -y luego por el resto del mundo-; también a Marcelo Casas, productor y protagonista principal de este montaje, por el éxito -justificado- que está teniendo allá donde lo está llevando; a Cesáreo Estébanez, el popular «Romerales» de Farmacia de guardia , por la excepcional dirección escénica; y, por último, a Jesús Quintero, popularmente conocido como el «Loco de la Colina», por haber traído la obra a Sevilla.

¿Por qué debe justificarse tal agradecimiento? Pues por el buen nivel tanto de la trama como de los actores… pero sobre todo, por dar rienda suelta de forma excelente a la participación de los espectadores. Y es que la interactividad entre público y actores se convierte en la peculiar y principal característica de esta obra que ha gozado de diez meses de éxito ininterrumpido en Madrid, y que mañana culmina un bagaje similar de tres semanas en el Teatro Quintero, el recinto de la céntrica calle Cuna.

Todo comienza en el Salón de Estética Unisex Tony´s, la típica barbería/peluquería en la que, más incluso que atender a los clientes, los trabajadores se dedican a cotillear, marujear y desvariar hasta tal punto que su dueño, Tony Luján (Marcelo Casas) se «convierte» en una diva del cine delante mismo de su sorprendida y, por momentos, desesperada. clientela. De repente, se comete un asesinato, llega la policía y todos los allí presentes quedan retenidos como sospechosos del crimen.

Y es ahí donde entramos en el juego los espectadores. Como únicos testigos, se nos pedirá la colaboración pertinente, pudiendo realizar todo tipo de preguntas al comisario encargado de la investigación (Juanjo Pérez Yuste) sobre los sopechosos, y decidiendo quién es el culpable, lo que hace que cada representación pueda desembocar en un final absolutamente diferente con respecto a la anterior.

Como los lectores se pueden imaginar, otro de los puntos fuertes de la obra es la capacidad de improvisación de los actores -la mayoría rostros más o menos conocidos de la televisión, especialmente para los fans de la telenovela Amar en tiempos revueltos-, especialmente cuando el público entra en acción, para poder mantener la coherencia de las historias de cada personaje, y también para compatibilizar de manera adecuada con los espectadores con el objetivo de mantenerles permanentemente con la carcajada en sus rostros.

Y en eso Marcelo Casas, sin desmerecer a los demás, es el rey absoluto de la función, ganándose al público con su desparpajo y su peculiar forma de interpretar al extrovertido Tony, el peluquero homosexual y amanerado propietario del salón. Hasta tal punto es capaz de llegar su improvisación que en la función que servidor de ustedes fue a ver uno de sus gestos provocó lo que en cualquier otro tipo de obra habría sido un error imperdonable -que alguno(s) de los actores se descojone(n) en el escenario hasta el punto de tener que «parar» durante algunos minutos-, pero que en ésta sirvió para que la gente congeniara un poco más si cabe con quienes estaban en el escenario.

Claro que un montaje difícilmente se sostiene con un solo actor, por muy bueno que sea; y ahí a Casas le dan una excelente réplica todos y cada uno de sus compañeros de escena, desde el comisario y su ayudante (Pablo Paz) hasta la señora rica y elegante, llamada «de la Mar Serena», interpretada por Pilar Barrera, pasando por el anticuario «yuppie de las Tres Mil» (Jesús Cabrero). Pero quizás la más destacada del resto sea Eva García-Vacas, capaz de llevar a un personaje, la señorita peluquera Alicia Martos, con un registro a lo Belén Esteban perfectamente mantenido durante toda la representación, y de darle cuando se le declara culpable -como se puede comprobar ese fue el final que eligió el respetable en el pase que estoy comentando- un tono dramático digno de una notable actriz.

En definitiva, una obra altamente recomendable cuya crítica no quiero dejar sin felicitar a mi querida amiga Laura López («CAS«), porque su intervención fue, con mucha diferencia, la mejor de todas las que se hicieron desde el público. Y que conste que en absoluto lo digo por ser quien es.

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Helena Pimenta será la próxima directora de la CNTC

Ya se conoce el nombre del sustituto de Eduardo Vasco al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Sustituta, en este caso; ya que se trata de Helena Pimenta quien, a partir de septiembre, se convertirá en la primera mujer que dirige la compañía fundada en 1986 por Adolfo Marsillach.

Dejo algunos enlaces en los que se puede encontrar más información tanto de su ya dilatada trayectoria profesional, entre la que se incluye la dirección de tres montajes para la CNTC y la fundación de la compañía Ur Teatro.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Helena/Pimenta/nueva/directora/CNTC/

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/04/13/cultura/1302689976.html

http://www.rtve.es/noticias/20110413/helena-pimenta-nueva-directora-compania-nacional-teatro-clasico/424265.shtml

Mucha suerte para ella, a ver si consigue superar o mantener el listón dejado por Eduardo Vasco quien, por lo menos en el plano artístico -en lo demás prefiero no meterme al no tener datos suficientemente amplios-, lo ha dejado bastante alto.

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Redención artística de Eduardo Vasco

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: El alcalde de Zalamea
AUTOR: Calderón de la Barca
COMPAÑÍA: Compañía Nacional de Teatro Clásico
REPARTO: Joaquín Notario, Ernesto Arias, Eva Rufo, José Luis Santos, David Lorente, Pepa Pedroche, Miguel Cubero, José Juan Rodríguez, David Boceta, Diego Toucedo, David Lázaro, Pedro Almagro, Isabel Rodes, Alberto Gómez, Eduardo Cárcamo, Eduardo Aguirre de Cárcer y Alba Fresno (Viola de gamba).
VESTUARIO: Lorenzo Caprile
VERSIÓN Y DIRECCIÓN: Eduardo Vasco
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 28-01-2011
AFORO: Completo
DURACIÓN: 1 hora y 55 minutos (aprox.)
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Volvían tanto Eduardo Vasco como la Compañía Nacional de Teatro Clásico al Lope de Vega tres años después de su última visita a la capital sevillana, también con Calderón (El pintor de su deshonra); y volvía servidor de ustedes a presenciar un montaje de los antes mencionados después de aquel engendro en el verano de 2010 en Niebla que fue La Estrella de Sevilla.

Debo reconocer que acudía con ganas de quitarme la espina de aquella desafortunada puesta en escena, y es un gran placer para mí comentar que lo he conseguido, y con creces. Desconozco si Eduardo Vasco -a quien conozco personalmente y de quien, en el trato, no sólo no tengo quejas sino más bien todo lo contrario- reflexionó sobre lo que, para mí, no fue sino una notable cagada -con perdón-; o si con un texto señero por excelencia de nuestro teatro clásico haya decidido no hacer cosas raras; pero el caso es que mi estimado Eduardo se ha redimido por completo con esta magnífica versión sobre las tablas de El alcalde de Zalamea.

Tal y como comento, Vasco se deja aquí de experimentos -parece que éstos sólo los hace con Lope-, y el resultado es uno de los mejores montajes que yo haya podido ver siempre, no sólo en el Lope de Vega sino en cualquier parte. Con el minimalismo escenográfico que caracteriza el 95% de los trabajos del director madrileño -se volvió a repetir la fórmula, con un mejor resultado, de La Estrella de Sevilla de los actores esperando en los laterales del teatro aguardando entrar en acción-, sobre el escenario del ya casi mítico teatro sevillano tuvo lugar un espectáculo muy completo en todos los sentidos.

Coros y bailes, música instrumental en directo para acompañar algunos de los más destacados parlamentos -otra característica habitual del teatro de Vasco-, vestuario acorde con la época y, por supuesto, una extraordinaria interpretación de los actores o, mejor dicho, de las «parejas» de actores. La más destacada y la mejor de todas ellas, la de dos veteranos de las artes interpretaivas y escénicas, Joaquín Notario y José Luis Santos, en la piel respectivamente de Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, y del general Lope de Figueroa.

Notabilísima vis cómica y dramatismo necesario cuando era menester; así nos deleitaron Notario -adoptando el acento teóricamente característico del labrador extremeño de Badajoz- y Santos con varios «tète a tète» cargados de pausa, templanza y mucha complicidad entre ambos. Se nota que llevan ya años compartiendo elenco dentro de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Como también hay que reseñar la química entre Pepa Pedroche -la «Chispa»- y David Lorente -Rebolledo- que, desde una perspectiva más secundaria, no sólo bordan sus papeles interpretativos sino que, además, su labor en los coros es sobresaliente; y asimismo, entre Miguel Cubero -el satirizado hidalguillo Don Mendo- y José Juan Rodríguez -su ayudante Nuño-, encargados de mantener el hilo informando de «lo que no se ve» y de sacar unas risas al público por mor de su gracia especial al interpretar los singulares y divertidos diálogos surgidos de la mente de Calderón.

Y, entre tantas «parejas» escénicas, el «malo» y la ultrajada. Ernesto Arias quizás no borda su papel del libertino capitán don Álvaro de Ataide como lo hacen los demás con los suyos, pero su interpretación, en líneas generales, también está a la altura de lo que se debe exigir a la Compañía Nacional de Teatro Clásico; mientras que Eva Rufo -Isabel, la hija de Pedro Crespo-, sin demasiado parlamento en los dos primeros actos, se luce en el amplio monólogo del tercero, en el que Isabel le cuenta a su también deshonrado padre qué es lo que ha sucedido con ella.

En definitiva, como resumen final sólo puedo decir una cosa: Eduardo, así sí.

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Un Tenorio más que respetable

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: Don Juan Tenorio
AUTOR: José Zorrilla
COMPAÑÍA: Teatro Clásico de Sevilla
REPARTO: Moncho Sánchez-Diezma, Rebeca Torres, Roberto Quintana, Juan Luis Corrientes, Joserra Leza, Miguel Ángel López, Montse Rueda, Gina Escánez, Serafín Zapico, Paqui Montoya, Néstor Barea y Nacho Bravo
DIRECCIÓN: Teatro Clásico de Sevilla
LUGAR: Teatro Quintero (Sevilla)
DÍA: 30-10-2010
DURACIÓN: 90 minutos
CALIFICACIÓN: *** (Sobre 5)

Ni era la primera vez que veía el Tenorio, ni era la primera vez que veía la versión de Teatro Clásico de Sevilla; pero después de haber transcurrido cuatro años de la última la verdad es que ya me apetecía volver a verla y, de paso, satisfacer mi curiosidad por cómo iba a quedar el montaje debido al obligado -y provisional- cambio de escenario que habían tenido que hacer.

De la Iglesia de San Luis -en obras de remodelación- al Teatro Quintero; de la Macarena al mismo corazón de Sevilla; todo para ofrecer al público una puesta en escena bastante satisfactoria, pese a tener fallos más que visibles.

Para que con la crítica quede un notable sabor de boca comencemos por estos últimos, que no son sino los dos galanes principales; no tanto el Don Juan como, sobre todo, el Don Luis.

El Don Juan está ciertamente irregular, o al menos así lo estuvo el día al que corresponde este artículo. Deficiente en la primera parte de la obra -tres actos en los que, casi literalmente, es «engullido» por Don Gonzalo y por Doña Inés-, y más entonado en la segunda, con el panteón y las estatuas de fondo. Bastante mejorable en líneas generales, aunque no tanto como el Don Luis, sin duda lo peor.

Ambos actores -no digo nombres para no herir sensibilidades, aunque cada cual puede verlos en la octavilla de mano- tienen el dudoso honor de protagonizar la peor representación que estos ojos han podido ver jamás de la primera gran escena del texto, la disputa en la taberna de Butarelli entre Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía por ver quién de los dos ha obtenido más conquistas femeninas y más cadáveres masculinos por sus viajes. Para tirarla a la basura, entre otras cosas porque allí ni se versificaba, ni se entendía lo que decían -qué rápido hablaban, por Dios-, ni casi se interpretaba. Como en casi todo el primer acto.

Por fortuna, lo negativo quedó ahí. Vayamos ahora con lo positivo, que de eso hubo bastante. En primer lugar hay que reseñar y alabar la extraordinaria actuación de Roberto Quintana en la piel de Don Gonzalo de Ulloa; y de Rebeca Torres con Doña Inés.

Quintana, un veterano actor con más tablas que todo el resto de la compañía junto, da toda una lección magistral sobre cómo dar empaque al popular comendador de la Orden de Calatrava, y también sobre cómo interpretar el verso de Zorrilla. Sólo por verle merece la pena pagar la entrada.

Otro tanto, aunque un poco a menor nivel, ocurre con Rebeca Torres. Creo que con decir que Doña Inés se come artísticamente a su Don Juan en la romántica escena en la finca de éste -la más clásica, más conocida, más representada y hasta más parodiada de toda la obra- estoy dando una clara muestra de cómo estuvo la novicia por excelencia del teatro español que nos ofrece la compañía sevillana. Y también es más que satisfactoria la relación artística entre Ciutti (Serafín Zapico) y la alcahueta Brígida (Paqui Montoya), tanto por su química como por su comicidad.

Pasando ahora a los aspectos más técnicos, el contraste entre el minimalismo escenográfico -todo negro, muy a lo Eduardo Vasco, y con los objetos precisos- y la exquisitez y clasicismo del vestuario -absolutamente de época- es algo, asimismo, muy loable.

Y el doble fondo utilizado, especialmente en los dos últimos actos, gracias a un fino telón negro hace que la imagen del escenario sea bastante lúgubre; es decir, la debida. Creo que huelga comentar que el Teatro Quintero no ofrece las mismas posibilidades que la Iglesia de San Luis, pero a pesar de todo Teatro Clásico de Sevilla ha sido capaz de solucionar este inconveniente de manera cuando menos notable.

En resumen, que por su seriedad, su sobriedad y la calidad de algunas de las interpretaciones el Tenorio que nos ha presentado este año Teatro Clásico de Sevilla merece que la gente se gaste los 18 euritos que cuesta la entrada en ir a verlo al Quintero, porque salvo por lo comentado al principio de la crítica nadie saldrá defraudado. Antes al contrario.

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Delibes… y Natalia Millán

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: Cinco horas con Mario
AUTOR: Miguel Delibes
COMPAÑÍA: Pentación Espectáculos
REPARTO: Natalia Millán (Carmen Sotillo, viuda de Mario) y Víctor Elías (el hijo mayor de ambos)
DIRECCIÓN: Josefina Molina
VERSIÓN: Josefina Molina y José Samano
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 16-10-2010 (Primera función del día)
DURACIÓN: 90 minutos
CALIFICACIÓN: **** (Sobre 5)

Acudía con mis colegas de siempre al Lope de Vega dispuesto a ver por primera vez sobre las tablas el gran clásico del recientemente fallecido Miguel Delibes con ciertas reservas, puesto que no andaba demasiado convencido de que este largo monólogo me fuera a gustar demasiado.

Sin embargo la presencia de Natalia Millán y las referencias sobre ella -como actriz teatral- que me dio mi querida amiga Cas me hicieron animarme y pagar los correspondientes eurillos por sentarme en las incómodas tribunas de Paraíso Central -si se producen reformas en el Lope deberían empezar por ahí- para observar sus evoluciones.

No me arrepentí. Hay quienes, inevitablemente, comparan esta actuación con la que, a lo largo de 30 años, ha llevado a cabo la gran maestra de actores Lola Herrera, lo cual hasta cierto punto me parece lógico; pero como yo ésta nunca he llegado a verla no lo voy a hacer. Y a los que hayan visto a la primera pero no a la segunda les aconsejo que hagan todo lo posible por no caer en ese error, ya que la forma de actuar de cada una es eso mismo, la forma de actuar de cada una.

El caso es que una actriz visiblemente más joven como lo es Natalia -cuya edad se ajusta mucho más a los 40 y pico de Carmen Sotillo que la que tiene actualmente Lola Herrera- no sólo dignifica el papel de la viuda de Mario sino que incluso me atrevería a decir que está a la altura de la ya veterana actriz -conociendo como conozco a ésta de otras actuaciones, sobre todo de televisión-, lo que sin duda dice mucho de ella.

Natalia Millán nos ofrece a una magnífica Carmen Sotillo, tanto es así que la hora y media que dura este compendio sobre la realidad social y humana de la España franquista no es que se haga precisamente pesada, sino todo lo contrario. El monólogo se puede decir que engancha desde el primer momento por el particular toque de Natalia, ya que bajo sus manos éste se hace realmente ameno y, por momentos, muy divertido.

Y, junto a Natalia, tampoco quiero dejar sin mencionar la aportación durante los minutos finales de Víctor Elías, el popular «Guille» de Los Serrano, quien bordeando ya la veintena ha dado un paso más en su carrera como actor al haber compartido tablas con Natalia en uno de los grandes títulos de nuestra literatura contemporánea como lo es Cinco horas con Mario.

Aunque esta puesta en escena tampoco está exenta de fallos; eso sí, en aspectos de menor importancia en una obra monológica como la escenografía, que no es mala en su conjunto pero que nos enseña una representación un tanto ridícula de la figura del difunto de cuerpo presente tras el velatorio. Ésta no es ni más ni menos que la colocación de un gran banco -o poyete- de tamaño rectangular, en vez de un ataúd, que no hubiera sido tan difícil de conseguir.

Son, no obstante, pequeñas minucias, porque a lo que hay que estar atentos es a la notable evolución de las andanzas de Carmen Sotillo en la piel de Natalia Millán. Y precisamente por eso es por lo que recomiendo a los espectadores de las diferentes ciudades a las que la obra se dirija a partir de ahora que se acerquen a los respectivos teatros, porque merecerá la pena.

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