Cuando se es el mejor, normalmente se suele ganar; y eso es lo que ha ocurrido en la final de la Euroliga de baloncesto. El F.C. Barcelona completó su excelso fin de semana proclamándose campeón de Europa del deporte de la canasta, después de haber dejado visto para sentencia el título de la liga de fútbol. Es el segundo título de la máxima competición continental para el Barça, después del logrado en 2003 en el Palau Sant Jordi ante la Benetton de Treviso de Ettore Messina.
Éste ha tenido lugar en el Palais Omnisports de París-Bercy, en el mismo recinto donde en 1991 perdió ante la gran Jugoplástica de Kukoc, Perasovic o Radja entre otros; y en el mismo escenario donde unos árbitros le robaron a mano armada en 1996, contra el Panathinaikos.
Ayer la víctima (86-68) fue otro equipo griego, el Olympiacos, el único conjunto de Europa que se ha gastado más dinero que los blaugrana, el que sucumbió a las excelencias de este equipo que, si la NBA no lo impide, amenaza con marcar toda una época en el baloncesto continental. Ni Joan Laporta, ni Carles Puyol, ni Xavi, ni Gerard Piqué, ni Sergio Busquets, ni Bojan; ni los históricos del baloncesto blaugrana encabezados por Epi; nadie, absolutamente nadie, quiso privarse de estar presente en este día histórico.
Si en las semifinales ante el CSKA de Moscú el trabajo fue, sobre todo, de intendencia y solidaridad en defensa (64-54), el partido decisivo se caracterizó, en su mayor parte, por el virtuosismo. Virtuosismo que puso, por encima de todos, Juan Carlos «la Bomba» Navarro, el primer jugador español de la historia en ser elegido MVP de una «Final Four» de la Euroliga. Contra los rusos le costó anotar desde larga distancia, pero ayer, después de unos primeros minutos en los que el base serbio del Olympiacos Teodosic parecía tomar el «tempo» del juego y después de que Pete Mickeal le respondiera con 10 puntos, Navarro empezó a enchufarlas una detrás de otra.
Y todo ello con la dirección del jugador más joven de la historia en alzarse con el torneo, Ricky Rubio; y con Lorbek, y con Morris, y con todos los miembros de esta plantilla de ensueño. Incluso hasta con Víctor Sada, una de las grandes claves del partido. Después de una primera mitad de magia absoluta (47-36), Yannakis leyó la cartilla a los suyos en el descanso, y el Olympiacos salió dispuesto a morder.
El técnico griego puso al tercer base, Beverley, de perro de presa de Ricky, complicándole la vida tremendamente por momentos; y como en ataque el sempiterno Papaloukas también tomó las riendas, Xavi Pascual decidió volver a sacar a la pista a Sada, para que pusiera algo de cordura, ya que Ricky poco a poco la estaba perdiendo. Y vaya si la puso. Con el teórico tercer base en pista (que hizo hasta siete puntos con un espectacular triple cuando más caliente estaba el asunto) el Barça pasó de ganar tan sólo por cinco puntos a hacerlo por catorce al terminar el tercer cuarto (64-50).
Los últimos diez minutos sirvieron para que los blaugrana se lucieran, y para que los griegos terminaran de frustrarse ante el vendaval que se les estaba viniendo encima. Con un Navarro estelar la diferencia superó la veintena de puntos en los instantes finales (86-65); una clara muestra de la enorme diferencia que hay entre un EQUIPO con mayúsculas (que, además, está plagado de estrellas) y un conjunto que se ha gastado una enorme millonada pero que, en esta Final Four, ha sucumbido ante los mejores del «mundo FIBA»: el Regal F.C. Barcelona. Roger Grimau tomó el testigo de Rodrigo de la Fuente, y levantó por segunda vez el trofeo que acredita a quien lo recibe como el mejor equipo de Europa.
Comentarios recientes