Archive for category Críticas cinéfilo-teatrales

La consagración de «Rakatá»

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: El castigo sin venganza
AUTOR: Lope de Vega
COMPAÑÍA: Rakatá Teatro
REPARTO: Mario Vedoya (Duque de Ferrara), Alejandra Mayo (Casandra), Rodrigo Arribas (Federico), Jesús Fuente (Batín), Lidia Otón (Aurora), Bruno Ciordia (Marqués Gonzaga), Jesús Teyssiere (Ricardo), Manuel Sánchez Ramos (Floro), Belén Ponce de León (Lucrecia), Jordi Dauder (Voz en off) y Patricia Kraus (Canción)
DIRECCIÓN: Ernesto Arias
VERSIÓN: Grupo PROLOPE
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 17-12-2010
DURACIÓN: 115 minutos
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Hace algo más de un año Rakatá Teatro ya me había causado una gran impresión con el montaje de Fuenteovejuna; pues bien, la versión que el Grupo PROLOPE ha hecho de El castigo sin venganza para esta joven compañía y su puesta en escena no han servido sino para confirmarme todo lo bueno que demostraron en su presentación en Sevilla.

Conozco muy pocas versiones representadas de este enorme clásico de Lope, engendrado en 1631, durante su etapa de senectud: la de 2005 de Eduardo Vasco para la Compañía Nacional de Teatro Clásico; otra de Adrián Daumas en 2003 -que circula por Youtube-; y ahora ésta, además de un intento fallido de montaje de quien les habla con sus amigos hace ya como tres años.

Sinceramente, es una verdadera lástima que este texto, esta joya de los Siglos de Oro en España, apenas si se dé a conocer para la enorme calidad que tiene; así que les agradezco enormemente a Rakatá el que lo hayan recuperado para el público en general y para los «lopistas» filólogos en particular, y además de esta forma.

Y eso que esta versión, en mi humilde opinión, tiene fallos visiblemente notables, especialmente el recurso de la narración en off. Este recurso, con el que se pretende reflejar la narración de la novela corta de Matteo Bandello en la cual se inspira Lope, hace que los que apreciamos El Castigo con gran sensibilidad -por lo menos un servidor- comencemos la obra poco menos que horrorizados, ya que el experimento de combinar a los dos «padres» de la historia no puede salir peor.

Qué manera de «cargarse» la presentación del duque -y del argumento en general-, y qué manera de saltarse una escena con parlamentos realmente magníficos, como lo es la primera. De verdad que a uno en ocasiones le entraban ganas de levantarse y «pedirle» a ese narrador que se callara, sobre todo cuando corta la intervención, también en off -cantada y musicalizada-, de Andrelina. Afortunadamente esta metedura de pata no se prolonga durante demasiado tiempo.

Otro error es la inclusión del elemento principal de la escenografía, una serie de columnas que hacen las veces de sauces cuando Federico va a por Casandra, pero que luego sirven más bien de poco y que, en ocasiones, no hacen sino entorpecer la visión del público, parte del cual -los situados en los laterales de las primeras filas- prácticamente se ve privado, por ejemplo, del precioso golpe visual introducido justo cuando concluye la obra. Una escenografía que, en el resto de los detalles, cumple perfectamente.

Son, a mi modo de entender, las «marras» que impiden que la puesta en escena sea redonda al 100%; porque, por lo demás, todo va remontando progresivamente hasta llegar a un tercer y último acto verdaderamente apoteósico. Y gran parte del mérito la tiene Mario Vedoya.

Este veterano actor argentino, afincado en España desde hace años, nos da toda una lección sobre cómo hay que meterse en el papel de un personaje tan rico como el Duque de Ferrara. Vedoya se hace progresivamente, sin exageraciones de ningún tipo, el amo del escenario. ¿Cómo? Clavando el personaje, así de simple, con su presencia en escena, su versificación y sus acertadísimos cambios de registro de voz.

Tampoco le van a la zaga Jesús Fuente y Lidia Otón. El primero, que ya estuvo en el elenco de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 2005 pero en el papel de Ricardo, nos muestra un Batín sobresaliente, en la línea del «gracioso» del teatro áureo español pero con sus dosis de dramatismo, justo como lo ideó Lope para El Castigo. Se notan sus tablas.

De Lidia Otón debo decir que, en principio, dado que hace un año se metió en la piel de Laurencia, me esperaba que fuera quien diese vida a Casandra; pero no es así. Lástima, porque esta gran actriz, descubierta por mí para el teatro en Fuenteovejuna, provoca que Aurora, metafórica pero casi literalmente, se coma a Casandra, a Federico, al Marqués Gonzaga y a todos los que comparten escena con ella, salvo al Duque. Y se los come no porque todos estén mal, sino porque ella lo hace fenomenal.

No obstante, cierto es que la pareja Casandra/Federico se muestra algo irregular. Alejandra Mayo y Rodrigo Arribas son dos jóvenes actores para dos jóvenes personajes; en su juventud quizás vaya implícito alguno de los «pecados» en los que incurren este tipo de actores cuando se les pone por delante un texto clásico. «Pecados» relacionados en primer lugar con la deficiente versificación o dicción del verso de la que adolecen por momentos -un mal que, esperemos, puedan ir puliendo al paso de los años con la ayuda de los veteranos-, y con las lagunas de mantenimiento de la tensión dramática del texto.

Aunque a su favor hay que decir que ambos, en las escenas claves, por lo general dan la talla -tal vez en un tono un poco bajo, eso sí-, y que en los «téte a téte» nos ofrecen una bonita y acertada coreografía de movimientos, muy acorde a lo que el texto va pidiendo y que se extiende también al resto de los personajes en momentos puntuales.

Es un análisis más o menos pormenorizado de una puesta en escena en la que en su inicio te dan ganas de ir preparando los tomates pero que, con su progresiva evolución, te va demandando sacar a hombros a todos sus protagonistas. Acudan a verla si no al «Lope de Vega» sevillano sí donde quiera que vayan; exceptuando los primeros 15 minutos saldrán con la sensación de que pocas veces un tiempo y un dinero pueden estar mejor invertidos.

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A la salud y en memoria de Rodríguez de la Fuente

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: Entrelobos
DIRECTOR: Gerardo Olivares
REPARTO: Juan José Ballesta, Sancho Gracia, Carlos Bardem, Manuel Camacho, Antonio Dechent, Vicente Romero, Luisa Martín, Álex Brendemühl, Dafne Fernández, Eduardo Gómez, José Chaves, Francisco Conde, José Manuel Soto y Marcos Rodríguez
GUIÓN: Gerardo Olivares
GÉNERO: Drama/documental naturalista basado en hechos reales
NACIONALIDAD: Española
DURACIÓN: 110 minutos
CALIFICACIÓN: * * * (Sobre 5)

Probablemente Gerardo Olivares no pensó en ello cuando decidió abordar la historia de Marcos Rodríguez, el niño que, en los años 50, convivió durante doce años con lobos y demás animales en la parte cordobesa de Sierra Morena. Pero lo cierto es que, a punto de finalizar el año en el que se ha cumplido el 30º aniversario de su muerte, se puede decir que Entrelobos es un más que entrañable homenaje al gran Félix Rodríguez de la Fuente.

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Seguro que el considerado popularmente como «amigo de los animales» se sentiría bastante orgulloso si levantase la cabeza de este producto que combina dramatismo y naturaleza; interpretación de calidad y muestra de lo mejor de la fauna y de los bellos parajes de Sierra Morena, sobre todo esto último. La sucesión de planos y de escenas con los montes como protagonistas son, simplemente, espectaculares.

Por Entrelobos pasa parte de lo más granado que Rodríguez de la Fuente se encargaba de mostrarnos en su serie sobre la fauna ibérica de El Hombre y la Tierra, desde la gineta hasta el búho real pasando por el jabalí y otras especies animales como un simpático huroncillo que juega un papel importantísimo durante toda la película.

Aunque a quien le se le otorga una especial atención, como es lógico, es a una de las «joyas» de su corona: el lobo. Un animal sobre el que se desprende desde hace bastantes años ya un aura de maldad, y que entre Gerardo Olivares y el propio Marcos Rodríguez con sus vivencias se encargan de reivindicar como si hubiese estado delante el propio Félix.

Pero Entrelobos no es sólo naturaleza documental. La interpretación de los actores es otro de los puntos más fuertes de la película, a pesar de la -brevísima, por fortuna- inexplicable inclusión en el reparto de un «folclórico» como José Manuel Soto. Perdonen, pero a veces no puedo ocultar la aversión que siento hacia este personaje. Al menos esta vez se alaba su intención de, tras años viviendo del cuentecillo de sus coplas de los años 90, intentar ganarse la vida de forma honrada, más allá de islas de los famosos, o de los mosquitos, o de como demonios se llame el programita en cuestión.

No hagamos esperar más a los verdaderos artistas. Aunque se vende a Juan José Ballesta como actor principal, lo cierto es que el otrora conocido popularmente, gracias a Achero Mañas, como «el Bola» -ahora en Hispania– tan sólo aparece en el rato final de la película, en el que, no obstante, hace de Marcos -un «Mowgli» ibérico y real del siglo XX- bastante bien.

El protagonismo real lo adquieren el niño Manuel Camacho -excelente carta de presentación-, Sancho Gracia y Carlos Bardem. La relación entre Camacho -Marcos en su etapa infantil- y Gracia -el pastor que comparte con él sus últimos meses de vida- es, sin lugar a dudas, lo mejor de la historia junto a la del niño con los animales; hasta el punto de que la actuación del mítico «Curro Jiménez» adquiere unas cotas de calidad como hacía muchos años que no se le veía. «Bardem II», por su parte, también cumple de sobra en el papel de hombre de confianza del señorito hijo de puta.

La película no es redonda entre otras cosas porque, coincidiendo con el salto temporal de niño a joven de Marcos, la historia va decayendo progresivamente -no por culpa de Juan José Ballesta, que conste- no hasta el aburrimiento, para nada, pero sí se puede ver cómo el dramatismo y la intensidad con los que se aborda el desenlace de la búsqueda del «maqui» y la localización de Marcos para llevarlo de vuelta con la sociedad no son todo lo fuertes que deberían. Aunque la presencia entre los lobos del verdadero Marcos Rodríguez en el epílogo hace que el film termine recobrando la ternura y la calidad con las que se maneja durante su mayor parte.

Entrelobos es, en líneas generales, una excelente película para ir a ver con la seguridad de que uno no habrá tirado el dinero, antes al contrario. Aunque, como se habrá podido comprobar a lo largo de toda esta crítica, es obvio que es un producto que les gustará un poco más a los amantes de la naturaleza y a los que, como yo, son seguidores de El Hombre y la Tierra.

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Un Tenorio más que respetable

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: Don Juan Tenorio
AUTOR: José Zorrilla
COMPAÑÍA: Teatro Clásico de Sevilla
REPARTO: Moncho Sánchez-Diezma, Rebeca Torres, Roberto Quintana, Juan Luis Corrientes, Joserra Leza, Miguel Ángel López, Montse Rueda, Gina Escánez, Serafín Zapico, Paqui Montoya, Néstor Barea y Nacho Bravo
DIRECCIÓN: Teatro Clásico de Sevilla
LUGAR: Teatro Quintero (Sevilla)
DÍA: 30-10-2010
DURACIÓN: 90 minutos
CALIFICACIÓN: *** (Sobre 5)

Ni era la primera vez que veía el Tenorio, ni era la primera vez que veía la versión de Teatro Clásico de Sevilla; pero después de haber transcurrido cuatro años de la última la verdad es que ya me apetecía volver a verla y, de paso, satisfacer mi curiosidad por cómo iba a quedar el montaje debido al obligado -y provisional- cambio de escenario que habían tenido que hacer.

De la Iglesia de San Luis -en obras de remodelación- al Teatro Quintero; de la Macarena al mismo corazón de Sevilla; todo para ofrecer al público una puesta en escena bastante satisfactoria, pese a tener fallos más que visibles.

Para que con la crítica quede un notable sabor de boca comencemos por estos últimos, que no son sino los dos galanes principales; no tanto el Don Juan como, sobre todo, el Don Luis.

El Don Juan está ciertamente irregular, o al menos así lo estuvo el día al que corresponde este artículo. Deficiente en la primera parte de la obra -tres actos en los que, casi literalmente, es «engullido» por Don Gonzalo y por Doña Inés-, y más entonado en la segunda, con el panteón y las estatuas de fondo. Bastante mejorable en líneas generales, aunque no tanto como el Don Luis, sin duda lo peor.

Ambos actores -no digo nombres para no herir sensibilidades, aunque cada cual puede verlos en la octavilla de mano- tienen el dudoso honor de protagonizar la peor representación que estos ojos han podido ver jamás de la primera gran escena del texto, la disputa en la taberna de Butarelli entre Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía por ver quién de los dos ha obtenido más conquistas femeninas y más cadáveres masculinos por sus viajes. Para tirarla a la basura, entre otras cosas porque allí ni se versificaba, ni se entendía lo que decían -qué rápido hablaban, por Dios-, ni casi se interpretaba. Como en casi todo el primer acto.

Por fortuna, lo negativo quedó ahí. Vayamos ahora con lo positivo, que de eso hubo bastante. En primer lugar hay que reseñar y alabar la extraordinaria actuación de Roberto Quintana en la piel de Don Gonzalo de Ulloa; y de Rebeca Torres con Doña Inés.

Quintana, un veterano actor con más tablas que todo el resto de la compañía junto, da toda una lección magistral sobre cómo dar empaque al popular comendador de la Orden de Calatrava, y también sobre cómo interpretar el verso de Zorrilla. Sólo por verle merece la pena pagar la entrada.

Otro tanto, aunque un poco a menor nivel, ocurre con Rebeca Torres. Creo que con decir que Doña Inés se come artísticamente a su Don Juan en la romántica escena en la finca de éste -la más clásica, más conocida, más representada y hasta más parodiada de toda la obra- estoy dando una clara muestra de cómo estuvo la novicia por excelencia del teatro español que nos ofrece la compañía sevillana. Y también es más que satisfactoria la relación artística entre Ciutti (Serafín Zapico) y la alcahueta Brígida (Paqui Montoya), tanto por su química como por su comicidad.

Pasando ahora a los aspectos más técnicos, el contraste entre el minimalismo escenográfico -todo negro, muy a lo Eduardo Vasco, y con los objetos precisos- y la exquisitez y clasicismo del vestuario -absolutamente de época- es algo, asimismo, muy loable.

Y el doble fondo utilizado, especialmente en los dos últimos actos, gracias a un fino telón negro hace que la imagen del escenario sea bastante lúgubre; es decir, la debida. Creo que huelga comentar que el Teatro Quintero no ofrece las mismas posibilidades que la Iglesia de San Luis, pero a pesar de todo Teatro Clásico de Sevilla ha sido capaz de solucionar este inconveniente de manera cuando menos notable.

En resumen, que por su seriedad, su sobriedad y la calidad de algunas de las interpretaciones el Tenorio que nos ha presentado este año Teatro Clásico de Sevilla merece que la gente se gaste los 18 euritos que cuesta la entrada en ir a verlo al Quintero, porque salvo por lo comentado al principio de la crítica nadie saldrá defraudado. Antes al contrario.

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Facebook -y Zuckerberg-: luces y sombras vistas desde el celuloide

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: La red social (The social network)
DIRECTOR: David Fincher
REPARTO: Jesse Eisenberg, Andrew Garfield, Rooney Mara, Max Minghella, Justin Timberlake, Rashida Jones
GUIÓN: Aaron Sorkin
GÉNERO: Drama biográfico
NACIONALIDAD: EEUU
DURACIÓN: 120 minutos
CALIFICACIÓN: * * * (Sobre 5)

Mucho estaba durando la número 1 de las redes sociales en «aguantar» sin una película dedicada a ella. Pero en 2010 ha sido, siete años después de que la idea rondara por la cabecita de Mark Zuckerberg, cuando por fin alguien se ha animado a darnos su visión acerca del origen y crecimiento de Facebook.

Porque si Bill Gates tuvo hace una década «su» película con Piratas de Sillicon Valley, estaba claro que la trayectoria de Zuckerberg no podía contar con menos. La red social es la historia de cómo Zuckerberg ha llegado a convertirse en el multimillonario más joven del planeta, y de la falta de escrúpulos de la que hay que hacer gala -también puede y debe verse como el hecho de ser más listo que los demás- para triunfar en la sociedad capitalista.

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La versión nos viene de la mano de Aaron Sorkin como «creador» y de David Fincher como director. Ambos ponen en práctica la enorme virtud de narranos las cosas como debe ser, es decir, de forma clara y diáfana, sin rodeos y sin tecnicismos más allá de algunos de los que suelen manejarse en el mundo de la informática.

Para ello han dispuesto de uno de los mejores actores con los que podían contar, Jesse Eisenberg, un absoluto desconocido para mí pero que es la viva imagen del perfecto universitario americano con cara de «friki» redomado que vive en su mundo pero que, al contrario de sus arrogantes y confiados competidores, termina siendo el más listo de todos a la hora de poner en práctica el que quizás es el negocio más exitoso de lo que llevamos de siglo XXI.

Esa es la primera reflexión que nos deja el film: en este mundo no suele ganar el más talentoso sino el más avispado. La segunda, sin duda, es la falta de escrúpulos que, en la sociedad capitalista, hace falta tener en determinadas ocasiones para descollar y hacerte millonario, hasta el punto de que quedarte prácticamente sin amigos -reales, por supuesto-vale la pena si tu fama y, sobre todo, tu cuenta corriente se disparan. Y si tu «socio» no comulgas con lo que se dispone, hay que dejarle atrás; eso es lo que, de forma clara y nítida, nos hacen ver Fincher y Sorkin.

La película, en resumidas cuentas -asumiendo el riesgo que supone decir esto teniendo delante un producto que, no lo olvidemos, es cine, es decir, ficción pese a todo-, es un perfecto relato sobre la relación entre Zuckerberg y su «criatura», un Facebook con el que, dicho sea de paso, ahora anda metido en problemas legales no sobre la autoría del mismo, sino por temas de privacidad; pero un Facebook en el que ha conseguido aglutinar una gran parte de la población joven y de mediana edad en gran parte de los países del mundo.

La red social no es la nueva Ciudadano Kane por mucho que se empeñen ciertos críticos de cine -aunque para mí es bastante mejor que Piratas de Sillicon Valley-; pero sí un producto con una calidad a tener en cuenta y, sobre todo, muy recomendable para los que -como yo- están metidos dentro de esta red social conozcan cómo empezó todo y quién es el «padre» de la criatura. Siempre, repito, desde el prisma de Fincher y Sorkin.

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Delibes… y Natalia Millán

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: Cinco horas con Mario
AUTOR: Miguel Delibes
COMPAÑÍA: Pentación Espectáculos
REPARTO: Natalia Millán (Carmen Sotillo, viuda de Mario) y Víctor Elías (el hijo mayor de ambos)
DIRECCIÓN: Josefina Molina
VERSIÓN: Josefina Molina y José Samano
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 16-10-2010 (Primera función del día)
DURACIÓN: 90 minutos
CALIFICACIÓN: **** (Sobre 5)

Acudía con mis colegas de siempre al Lope de Vega dispuesto a ver por primera vez sobre las tablas el gran clásico del recientemente fallecido Miguel Delibes con ciertas reservas, puesto que no andaba demasiado convencido de que este largo monólogo me fuera a gustar demasiado.

Sin embargo la presencia de Natalia Millán y las referencias sobre ella -como actriz teatral- que me dio mi querida amiga Cas me hicieron animarme y pagar los correspondientes eurillos por sentarme en las incómodas tribunas de Paraíso Central -si se producen reformas en el Lope deberían empezar por ahí- para observar sus evoluciones.

No me arrepentí. Hay quienes, inevitablemente, comparan esta actuación con la que, a lo largo de 30 años, ha llevado a cabo la gran maestra de actores Lola Herrera, lo cual hasta cierto punto me parece lógico; pero como yo ésta nunca he llegado a verla no lo voy a hacer. Y a los que hayan visto a la primera pero no a la segunda les aconsejo que hagan todo lo posible por no caer en ese error, ya que la forma de actuar de cada una es eso mismo, la forma de actuar de cada una.

El caso es que una actriz visiblemente más joven como lo es Natalia -cuya edad se ajusta mucho más a los 40 y pico de Carmen Sotillo que la que tiene actualmente Lola Herrera- no sólo dignifica el papel de la viuda de Mario sino que incluso me atrevería a decir que está a la altura de la ya veterana actriz -conociendo como conozco a ésta de otras actuaciones, sobre todo de televisión-, lo que sin duda dice mucho de ella.

Natalia Millán nos ofrece a una magnífica Carmen Sotillo, tanto es así que la hora y media que dura este compendio sobre la realidad social y humana de la España franquista no es que se haga precisamente pesada, sino todo lo contrario. El monólogo se puede decir que engancha desde el primer momento por el particular toque de Natalia, ya que bajo sus manos éste se hace realmente ameno y, por momentos, muy divertido.

Y, junto a Natalia, tampoco quiero dejar sin mencionar la aportación durante los minutos finales de Víctor Elías, el popular «Guille» de Los Serrano, quien bordeando ya la veintena ha dado un paso más en su carrera como actor al haber compartido tablas con Natalia en uno de los grandes títulos de nuestra literatura contemporánea como lo es Cinco horas con Mario.

Aunque esta puesta en escena tampoco está exenta de fallos; eso sí, en aspectos de menor importancia en una obra monológica como la escenografía, que no es mala en su conjunto pero que nos enseña una representación un tanto ridícula de la figura del difunto de cuerpo presente tras el velatorio. Ésta no es ni más ni menos que la colocación de un gran banco -o poyete- de tamaño rectangular, en vez de un ataúd, que no hubiera sido tan difícil de conseguir.

Son, no obstante, pequeñas minucias, porque a lo que hay que estar atentos es a la notable evolución de las andanzas de Carmen Sotillo en la piel de Natalia Millán. Y precisamente por eso es por lo que recomiendo a los espectadores de las diferentes ciudades a las que la obra se dirija a partir de ahora que se acerquen a los respectivos teatros, porque merecerá la pena.

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Un Lope mejor de lo que esperaba

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: Lope
DIRECTOR: Andrucha Waddington
REPARTO: Alberto Amman, Leonor Watling, Pilar López de Ayala, Juan Diego, Luis Tosar, Selton Mello, Antonio De la Torre, Miguel Ángel Muñoz, Sonia Braga, Antonio Dechent, Félix Cubero, Carla Nieto, Ramón Pujol
GUIÓN: Ignacio del Moral, Jordi Gasull
GÉNERO: Drama biográfico
NACIONALIDAD: Hispanobrasileña
DURACIÓN: 90 minutos (aprox.)
CALIFICACIÓN: * * * (Sobre 5)

Después de algún tiempo dejando un poco abandonada esta sección -reconozco que suelo ir al cine menos de lo que debiera y que, además, algunas de mis últimas películas ni tan siquiera merecían mi valoración-, retomamos las críticas culturales con uno de los films más esperados del año en nuestro país.

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Debo reconocer que, desde que conocí que iban a hacer una película del mayor genio de la historia del teatro español -de entre los muchos grandes autores que hemos tenido-, mucho me temía que mi alto nivel de exigencia con respecto a determinados personajes hiciera prácticamente imposible evitar que inundara la pantalla de tomates -naturalmente de forma simbólica- al finalizar la proyección. Simple intuición.

Por suerte en ese sentido soy hombre -ya sabemos lo que dice Shakira sobre las dotes intuitivas de las personas- y, como tal, el que para muchos es el sexto sentido -más allá de lo que pueda decir la conocida película-, me ha fallado. De hecho comencé a cambiar de opinión justo cuando, hace unos días, mi santo padre me comentó que Lope nos iba a gustar.

Y digo «nos iba» porque, como no podía ser de otro modo, esta gran producción había que verla en buena compañía, filológica por más señas. Junto a Lau, Rafa y Davinia -nuestra queridísima Davi- allí estuve, más concretamente en el Nervión Plaza, para examinar con rigor todo lo concerniente a la película oficial de uno de mis «tótems» literarios.

No está nada mal. No es una historia que, en mi opinión, nos debiera hacer descollar en el panorama internacional porque adolece de ciertos defectos que le impiden acercarse al sobresaliente; pero la media del aprobado la supera de sobra, incluso llegando hasta el notable.

Esos defectillos -perdón por ser tan puntilloso pero por algo también soy filólogo y, como tal he estudiado a Lope de Vega– se centran especialmente en cómo conciben las historias amorosas que caracterizaron la vida del «Fénix de los ingenios» en la época en la que se centra la película (finales del XVI-principios del XVII): los amores de Lope con Isabel de Urbina y Elena Osorio.

No me voy a extender en ese tema porque no procede demasiado; si quieren saber algo más del tema pueden, por ejemplo, visitar la correspondiente entrada en Jaspe helado, el blog de una de las mayores apasionadas de Lope que yo he tenido la ocasión de conocer (Lau, por supuesto).

Por lo demás, la película no es sino una bonita historia en la que se combinan el Lope soldado con el joven amante y, por supuesto, con el poeta y autor teatral, aunque en esta última faceta no se lleguen a abarcar las piezas «pata negra». En su piel, un Alberto Amman que en apenas un año se ha hecho ya con un nombre entre los mejores actores de nuestro cine. Cierto es que el joven actor hispanoargentino no ha llegado a convencerme aquí como en Celda 211 -todo sea dicho, las comparaciones entre ambas historias son un tanto odiosas-, pero pese a todo su encarnación de Lope en su juventud es digna de destacar.

Junto a Amman, la pareja femenina compuesta por Leonor Watling (Isabel de Urbina, posterior esposa) y Pilar López de Ayala (Elena Osorio, amante), que libran una más que interesante batalla en la distancia, ejerciendo en ambos casos de perfectas «partenaires» del protagonista. Excelentes sus actuaciones, como también la de Juan Diego.

El veterano actor, paisano mío dicho sea de paso (aljarafeño), da una muestra más de su maestría metiéndose dentro de Jerónimo Velázquez, dueño de una de las más importantes compañías teatrales de la época, y padre de Elena. El resto de los actores -incluyendo a un Luis Tosar «vestido» de fraile- no desentonan para nada, a excepción de Miguel Ángel Muñoz que, lo siento por sus admiradoras, es el único que desentona en un excelente elenco.

Y sobre los otros aspectos de la película, debo destacar la buena recreación del ambiente teatral de la época -el período dorado por excelencia del teatro en nuestro país-, y también una visión más que decente de lo que era el reino de Castilla por aquellos años, pese a que buena parte de las escenas se hayan rodado en Brasil.

Una bonita tarde de cine, en resumen, con una serie de curiosas anécdotas más allá de la película para las que remito al mismo enlace que he destacado algunos párrafos más arriba.

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Libre, aunque entretenida versión del clásico de Wilde

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: El retrato de Dorian Gray
DIRECTOR: Oliver Parker
REPARTO: Ben Barnes, Colin Firth, Ben Chaplin, Rachel Hurd-Wood, Rebecca Hall, Emilia Fox, Fiona Shaw, Caroline Goodall, Douglas Henshall, Michael Culkin
Guión: Toby Finley
GÉNERO: Aventuras/acción
NACIONALIDAD: Reino Unido
DURACIÓN: 112 minutos
CALIFICACIÓN: * * (Sobre 5)

Metido de lleno como estoy en mis colaboraciones mundialistas, hoy, que la actualidad deportiva se toma un respiro por la mañana, por fin he encontrado un hueco para dar mi visión de esta versión de la conocida novela de Óscar Wilde, dirigida por Oliver Parker.

Hace aproximadamente algo más de un año que me decidí a resolver la asignatura que tenía pendiente con esta obra, animado por los consejos de mi amiga Untzizu, gran aficionada a la literatura de Wilde. Cuando lo hice me encontré exactamente lo que me esperaba: un relato con su parte de acción pero eminentemente filosófico y moralista acerca de la superficialidad, el hedonismo y la naturaleza en general del ser humano.

Por el contrario esta adaptación, aunque mantiene en esencia el espíritu del texto original, incluye una serie de cambios perfectamente visibles y reconocibles, quizá para otorgarle un formato un tanto más «cinéfilo».

El resultado no es malo del todo porque el espectador medio sale del cine con la sensación de haber visto un producto bastante entretenido, pero es inevitable que surjan las comparaciones -como en cualquier obra literaria llevada a la gran pantalla- por parte de los que ya conocíamos el texto original. Aún así es recomendable ir a verla porque, más allá de lo visible que pueda llegar a ser, conserva buena parte de lo que Oscar Wilde quiso hacernos ver en su momento.

¿Cuáles son los cambios? La excesiva dosis de suspense y de thriller que incluyen Oliver Parker y el guionista Toby Finley, y el desmesurado erotismo, que no pornografía; todo ello siempre en comparación con la novela. Además la película incluye algunos personajes ausentes en la versión original, como Emily, la hija de Lord Henry Wotton, el excesivamente juerguista «amigo» de Dorian. Todo, repito, perfectamente asumible en el fondo por el espectador conocedor de Wilde.

Lo mejor de todo es, por una parte, la perfecta recreación del Londres de la época victoriana. En ese sentido la película se convierte en un bello y magnífico retrato pictórico de la Inglaterra del siglo XIX. Y, por otra, la interpretación de Colin Firth, metido en la piel de Lord Henry. El actor británico realiza la mejor interpretación de su carrera, o al menos de entre las películas que yo le he visto; y nada más por verle actuar merece la pena pagar la entrada.

Tampoco está tan mal el actor protagonista, Ben Barnes. He leído críticas en las que se dice que el papel de Dorian Gray le viene excesivamente grande porque es un niño bonito y poco más; pero no creo que sea para tanto. Quizá, eso sí, el compartir escena con un arrasador Colin Firth haga que su trabajo -que tampoco es digno de un Oscar- desluzca más de lo que debiera. El tercero en discordia, Ben Chaplin (Basil), cumple de manera más o menos sobria; y también es reseñable el buen hacer de Rebecca Hall, interpretando a Emily Wotton.

Todo ello da como resultado un film del que probablemente se esperaba más, pero que en el fondo resulta una opción más que notable para cualquiera que se decida a acudir a las salas, si acaso salvo para los excesivamente fanáticos de Oscar Wilde.

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Sorprendente y emotivo «Milikito»

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: Pájaros de papel
DIRECTOR: Emilio Aragón
REPARTO: Imanol Arias, Lluís Homar, Roger Príncep, Fernando Cayo, Diego Martín, Javier Coll, Carmen Machi, Luis Varela, Concha Hidalgo, José Ángel Egido, Cristina Marcos, Paco Merino, Lola Baldrich, Asunción Balaguer y «Miliki».
MÚSICA: Emilio Aragón
GÉNERO: Drama
NACIONALIDAD: Española
DURACIÓN: 125 minutos
CALIFICACIÓN: * * * (Sobre 5)

«Acabada la guerra, una compañía de artistas de vodevil va de pueblo en pueblo con sus actuaciones, formando una extraña y singular familia. Un hecho inesperado les pondrá a prueba, obligando a algunos de nuestros protagonistas a tomar decisiones de vida o muerte. Ellos atravesarán, en el medio de intrigas, números musicales, momentos de tensión y hambre permanente, parte de la España de la época, tratando de vivir y sobrevivir«. Ésta es una de las diferentes sinopsis que se pueden encontrar en las diversas páginas de internet, en este caso en lahiguera.net.

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Quizá la frase, o una de ellas, que mejor pueda definir mi opinión general de la película salió de los labios de mi padre nada más abandonar el cine: «Me ha sorprendido Milikito».

Emilio Aragón, hijo como bien sabemos del gran «Miliki», payaso en sus inicios junto a los diversos miembros de su familia que quedaban con vida -de pequeño me llevaron a verlo actuar en directo junto a su padre y a sus primos «Rody» y «Fofito», aunque tenía unos 3 años y, la verdad, no recuerdo aquel momento-; cómico en televisión -fue el conductor de uno de los programas punteros de la primera época de Canal Sur, como era «Saque bola»-; músico, actor y, posteriormente, directivo de televisión, debuta con esta obra en la dirección cinematográfica.El trío protagonista en una de sus actuaciones. De izquierda a derecha: Roger Príncep, Lluís Homar e Imanol Arias

He de confesar que era bastante escéptico con el resultado final del trabajo de un personaje controvertido y -por alguna de sus actitudes- un tanto turbio que, en mi opinión, se estaba metiendo ya en demasiados berenjenales artísticos. Pero, de manera agradabilísimamente sorpresiva, dicho resultado no es sino una obra entrañable, emotiva, y muy bien hecha, pese a los fallos de los que, en mi opinión, adolece en alguno de los momentos ciertamente importantes.

Pero esto último no es óbice para destacar, dentro de su sencillez, la notable calidad de este film prácticamente en todos los sentidos: una historia simple -ubicada entre el final de la Guerra Civil y los primeros años del franquismo, y que recuerda a títulos señeros de nuestro cine contemporáneo como El viaje a ninguna parte o Ay, Carmela-, pero estructurada y narrada de forma extraordinaria; una banda sonora realmente bella y un reparto que, en su mayor parte, también ha superado todas mis expectativas.

Magnífico Imanol Arias, perfectamente acompañado por Lluís Homar y por Roger Príncep -el niño de El Orfanato-; notables Fernando Cayo y los veteranos Luis Varela y José Ángel Egido; muy bien Carmen Machi -quién me diría que yo iba a decir esto de una actriz que reconozco que no me caía excesivamente simpática-… y maravilloso «Miliki», don Emilio Aragón Bermúdez, el señor padre del «jefe», cuya breve intervención es lo mejor, lo más bello y lo más emotivo de todo el film.

En resumen, Pájaros de papel es una película que, sin «cortar» las dos orejas, hay que ir a verla en cuanto se pueda pese a lo que digan otras críticas; porque te llega al corazón.

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Bordeando lo sublime

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: The Road (La carretera)
DIRECTOR: John Hillcoat
GUIÓN: John Hillcoat y Cormac McCarthy
REPARTO: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce
GÉNERO: Drama
NACIONALIDAD: USA (2009)
DURACIÓN: 109 minutos
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Cartel de "The Road" Según la definición del escritor griego Longino, «lo sublime» consiste esencialmente en la extrema belleza, capaz de llevarnos a un éxtasis más allá de nuestra capacidad racional, hasta tal punto de llegar a provocar dolor al ser casi imposible de asimilar.

Estrictamente no es eso lo que The Road causa al espectador, pero sí una sensación muy similar. Porque esta película, como obra de arte, es extremadamente bella, casi una obra maestra; pero, paradójicamente, hay momentos en los que el dolor, en vez del placer, es lo que invade principalmente a aquellos que la están viendo.

Dolor causado no por la imposibilidad de asimilar el éxtasis; sino porque el propio desarrollo de la historia, en un entorno tan catastrófico como el que se nos presenta, hace que nos metamos de lleno en la misma; que vivamos al máximo el drama del ser humano, centrado en ese padre y ese hijo que intentan sobrevivir tras producirse una especie de apocalipsis que hace que el mundo quede sumido en un ambiente realmente desolador.

The Road , por todo ello, no es agradable de ver, ni mucho menos; pero tiene muchas papeletas para convertirse en la película del año, por diversas razones.

La primera de ellas es el tratamiento que se da de las relaciones humanas en general, y de las de padre e hijo en particular. Es tan conmovedor como impresionante contemplar la lucha del progenitor por intentar sacar adelante a su pequeño vástago, rayando el fanatismo, sin desfallecer ante la nada más absoluta; ante la angustia que causa ver cómo luchan constantemente contra molinos de viento.

La segunda, el mensaje de esperanza que se extrae al final, que nos dice que toda esa lucha, pese al terrible presente y futuro, puede que no sea en vano; y la tercera, por las impecables interpretaciones de la pareja protagonista. Padre (Viggo Mortensen) e hijo (Kodi Smit-McPhee), intentando sobrevivir tras la catástrofe

Es muy probable que, cuando termine la carrera de Viggo Mortensen, The Road sea considerada si no como la mejor interpretación de su vida -porque todavía le queda, afortunadamente- sí al menos como la película que terminó de consagrarle como uno de los grandes actores del «planeta cine». Su actuación es, simplemente, perfecta, colmando todas las expectativas que tanto el público como la crítica han puesto sobre él.

Y dándole la réplica tenemos a un joven actor australiano, Kodi Smit-McPhee, que se ha revelado como una de las promesas más destacadas para los próximos años. La química que se observa entre Mortensen y Smit-McPhee es genial, siendo la principal razón para conseguir que el público se introduzca plenamente dentro de la historia.

The Road no ha entrado en ninguna de las listas de candidatos a los Óscars de este año. No estoy de acuerdo para nada, pero tampoco me sorprende porque, viendo la trayectoria habitual de los premios de la academia de Hollywood, no es una película que esté dentro del tipo de films que se suelen incluir. Lo que no quita para que roce la calificación de «obra maestra» -si es que no la alcanza- y para que la recomiende a los buenos aficionados al cine, quienes se sentirán un tanto agobiados durante la proyección, pero para nada defraudados. Porque lo sublime -o casi sublime- es lo que tiene.

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Eastwood y Freeman nos vuelven a emocionar

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: INVICTUS
DIRECTOR: Clint Eastwood
GUIÓN: Anthony Peckham y John Carlin
REPARTO: Morgan Freeman, Matt Damon, Tony Kgoroge, Patrick Mofokeng, Matt Stern
GÉNERO: Drama histórico
NACIONALIDAD: USA
DURACIÓN: 134 minutos
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Una vez más, Clint Eastwood vuelve a demostrar el porqué de su prestigio tan justamente ganado a lo largo de toda su carrera, con esta adaptación de la obra del periodista John Carlin El factor humano.

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No es su mejor título porque, en comparación con otros, adolece de pequeñas imperfecciones que hacen que, personalmente, me haya decantado por no otorgarle la cuarta estrella en mi calificación; pero la sensación que se desprende al ver Invictus es la de haber contemplado una historia muy bien planteada y magníficamente contada: la de cómo Nelson Mandela, tras salir de la cárcel en 1990 y tras ser elegido presidente de Sudáfrica en 1994, consigue unificar el sentimiento de un país -caracterizado durante siglos por el «apartheid» o discriminación racial- a través de su apoyo al equipo nacional de rugby (los «Springboks») y su participación en la Copa del Mundo de 1995, organizada por la nación sudafricana. El viejo Clint, una vez más, consigue llegar al corazón de la gente no ya por la historia en sí, sino también por su manera de narrarla.

Para ello se vale de la inestimable aportación de Morgan Freeman, que desempeña su papel de tal forma que el espectador, sentado en su butaca, realmente llega a dudar de si es él o es, verdaderamente, Nelson Mandela. La actuación de Freeman es sensacional, metiéndose por completo en la piel de Mandela y consiguiendo que veamos la imagen más fidedigna posible del histórico dirigente sudafricano. Freeman, además, tiene un perfecto complemento en Matt Damon, quien también borda su secundario papel como François Pienaar, capitán de los «Springboks», aquél que ayuda a Mandela a que cumpla su objetivo.

Asimismo, sobresaliente es la ambientación -desde la enorme diferencia existente entre los diferentes barrios de las principales ciudades del país, hasta la visita a la celda en la que, supuestamente, estuvo encerrado Mandela durante 27 años-, así como también la recreación de todas y cada una de las escenas de rugby, incluida la célebre «haka» maorí que bailan los jugadores de Nueva Zelanda antes de cada partido. Dichas escenas son fieles al 100% -inclusive las provocadamente ridículas patadas de inicio y reinicio del juego de los «All Blacks»- no ya sólo a lo que ocurrió durante aquella Copa del Mundo, sino también al desarrollo del deporte del balón ovalado. Posiblemente aquellos que no estén excesivamente familiarizados con el rugby tendrán algún problemilla a la hora de seguir la evolución de los diferentes encuentros a los que se hace mención, pero no demasiadas.

No obstante lo expuesto, debo comentar que uno de los fallos más visibles que tiene la película es la excesiva duración de la parte en la que se refleja la final entre Sudáfrica y Nueva Zelanda; es paradójico que lo destaque yo, que soy un gran aficionado al deporte en general, pero es lo que yo pienso. Obviamente, supongo que a los que compartan afición conmigo dicho fragmento no les resultará tan pesado como a los demás; pero para mí éste es uno de los pequeños errores que imposibilitan, junto a que no es una película hecha con excesivos alardes en general, que Invictus sea catalogada como una obra maestra.

Aún así, aseguro que el público se va a marchar más que satisfecho de la sala porque el film es propicio para ello. Y, pese a no verla merecedora del Óscar -principalmente por los fallitos a los que he hecho referencia-, me cuesta creer que la hayan dejado fuera de las nominaciones, más aún cuando el número de finalistas en la categoría de «Mejor Película» este año se ha ampliado a diez, en lugar de los cinco tradicionales.

Claro que mi sorpresa es relativa, conociendo los peculiares criterios que, en bastantes ocasiones, sigue la Academia de Hollywood a la hora de otorgar sus premios. Dejémoslo en cuestión de gustos…

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