Vacaciones León-Galicia-Vitoria (y 10)


DÉCIMO Y ÚLTIMO DÍA: 5-8-2009 (Vitoria)

Mi último día completo por tierras del norte fue el día festivo de las fiestas de la Blanca. El día en el que, desde el principio, todo el mundo se echa masivamente a la calle para realizar diversas actividades, aprovechando la festividad. Por la mañana todo comienza a las 7 con la procesión y el Rosario de la Aurora -que comienza y desemboca en la Plaza de la Virgen Blanca-, la misa de la Aurora, y la ofrenda floral a la Virgen Blanca, que para eso es su día; y todo continúa con diversos espectáculos como el desfile constante por las calles de las cuadrillas con los “blusas” -los mozos de dichas cuadrillas- y las “neskas” -sus alter ego femeninos-, o el espectáculo de los gigantes, cabezudos, comparsas y sotas.

El Gargantúa. Foto: usue.wordpress.com

El Gargantúa. Foto: usue.wordpress.com

Untzi y yo pillamos esto último. El día anterior había sido muy largo -aunque éste no lo iba a ser menos, en absoluto-, y toda la actividad que tuvimos, especialmente desde la tarde, hacía aconsejable que nos tomáramos la mañana con un poco de calma. A media mañana salimos a dar el correspondiente paseo turístico, para que yo tuviese la oportunidad de disfrutar con el ambiente que había en las calles, y también para que pudiera ver otras zonas que se nos habían quedado pendientes. Al día siguiente yo ya me iba, y debíamos aprovechar al máximo.

Después de tomarnos algo en uno de los bares próximos a la plaza de la Virgen Blanca con Maite -la madre de Untzi, a quien nos encontramos por allí-, pasamos por delante de la figura del Gargantúa, un gigante con mucha tradición entre los niños vitorianos, a quienes suele engullir para posteriormente expulsarlos por el trasero… aunque como os podéis imaginar, en verdad aquello no es más que un tobogán cuya labor, lógicamente, es hacer las delicias de los más pequeños. Después nos cruzamos la calle Eduardo Dato -peatonal y festiva cuando se tercia, a diferencia de la que tenemos en Sevilla-, una de las más céntricas de la ciudad, por donde andaban en aquel momento los gigantes, los cabezudos y las sotas, estando representados en ellas cada uno de los cuatro palos de la baraja española: oros, bastos, espadas y copas. Obviamente no perdí la oportunidad de echar algunas fotos, pero las particularidades de mi ya deficiente cámara digital hicieron que tanto éstas como las que fui haciendo posteriormente a cada uno de los lugares por donde pasamos no pudieran ser extraídas posteriormente al ordenador, porque mi cámara, como se suele decir en estos casos, se las cargó.

Pero no sólo de contemplar las fiestas trató la mañana. El paseo también estaba dirigido al campus universitario, una preciosa zona donde se encuentran todas las facultades vitorianas de la Universidad del País Vasco: E.U. de Magisterio; la Biblioteca y el aulario “Las Nieves”; la E.U. de Estudios Empresariales; la E.U. de Ingeniería; la E.U. de Trabajo Social; la Facultad de Farmacia; la Facultad de Letras -Filología, Geografía, Historia, Historia del Arte…-; el Pabellón Universitario; la Residencia Universitaria y la Unidad Docente de Medicina.

El palacio de Ajuria Enea. Foto: elcorreodigital.com

El palacio de Ajuria Enea. Foto: elcorreodigital.com

De allí pasamos al barrio de la gente pudiente -que no recuerdo cómo se llama-, donde se encuentran, entre otras cosas, el palacio de Ajuria Enea, es decir, la sede del gobierno vasco; y la casa donde vive el “lehendakari”. No era lo principal, pero de todo hay que ver un poco.

Y con la vuelta a casa de nuevo por las calles más fiesteras nos metimos en la hora de comer, y la de ese día no iba a ser una comida como otra cualquiera. La tradición de la familia de Untzi dice que cada cinco de agosto hay comilona con la familia de sus “titos” -el hermano de su padre y su esposa, junto a su prima Iratxe-, aquellos con los que ya coincidí el domingo anterior; y este año, además, les tocaba recibirlos. Yo no tuve ningún problema en estar allí con ellos; al contrario, me lo pasé estupendamente porque los tíos de Untzi son, además de muy sociables, muy peculiares -en el buen sentido-, de los que animan como debe ser una reunión familiar de este tipo. Además ya había roto el hielo con ellos tres días antes, así que todo fue sobre ruedas.

La noche fue una de esas noches que no se olvidarán nunca. Todo por culpa de dos locas que llevan el espíritu fiestero en la sangre y que, cuando se juntan, no hay quien las pare. Me refiero a Untzi y a Nerea, una de sus amigas del alma. En algo más de medio día yo ya me iba de la ciudad, y lo cierto es que en aquellas mis últimas horas por allí me faltaba algo por conocer. Había convivido durante casi cuatro días con Untzi y su familia; había conocido personalmente a buena parte de su queridísima pandilla de “canallas”; había paseado por algunos de los lugares más representativos de Vitoria; había asistido al espectacular “txupinazo” de las fiestas y a la bajada de Celedón… pero ya digo que me faltaba algo. Y ese “algo” me lo iban a enseñar entre ellas dos: la Vitoria de noche, más allá de verbenas y demás acontecimientos especiales. La Vitoria de los bares, el ambiente nocturno que frecuenta cualquier joven vitoriano durante las fiestas o en cualquier fin de semana. Y la experiencia resultó muy positiva, a lo que ayudó sin duda el hecho de que los bares no estuvieran tan abarrotados como la noche anterior. Dado que yo era el invitado y quería ver lo máximo posible, Untzi y Nerea ejercieron de sobresalientes anfitrionas, y me llevaron a conocer a fondo la ruta nocturna de la capital de Euskadi; tanto fue así que se podría decir -quienes me conocen bien entenderán perfectamente la comparación- que fue como una “noche Ca3”, pero a la vasca. Lo que allí hicimos y hasta cuándo estuvimos queda para nosotros tres, y para aquellas pocas personas a las que se lo hayamos podido contar.

Al día siguiente, después de algunas horitas de descanso -no demasiadas-, terminé de preparar la maleta para que Untzi y su padre me llevaran al aeropuerto de Loiu, en Bilbao. Allí me esperaba el avión de Vueling -le hago propaganda porque el vuelo fue magnífico- que me iba a traer de vuelta, diez días después de mi salida, a Sevilla. Atrás quedaban esas diez jornadas magníficas, heterogéneas e incluso extrañas en algún que otro caso; diez días en los que conocí un poquito más España -y lo que aún me falta-, pero diez días en los que, sobre todo, conocí personalmente por fin a gente muy buena –Cristina, te meto en este grupo porque para quince minutos que te había visto antes en Madrid…-, así como a otro tipo de gente con la que nunca había hablado pero que también ha merecido mucho la pena conocer.

Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de San Pablo no pude evitar sentir una lógica mezcla de nostalgia y alegría: nostalgia porque yo sabía que, durante los días posteriores, sin duda iba a echar de menos -aunque solamente fuera un poquito- el bendito trajín del que había disfrutado tanto en León como en Galicia y, sobre todo, en Vitoria; pero alegría, claro está, por tener la oportunidad de volver a ver a mi familia y, en pocos días, también a mis amigos sevillanos. Los cuales espero que, para el año que viene me acompañen, porque si Dios quiere -que diría un ferviente católico-, o si puede ser -que es lo que digo yo-, dentro de más o menos 365 días vuestro humilde narrador -que diría el mítico Alex DeLarge, de La naranja mecánica– pienso volver a llevar a cabo una experiencia si no igual sí muy parecida a ésta.

Así pues, todo esto se acabó. El próximo año ojalá haya más.

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