TERCER DÍA: MIÉRCOLES 29-7-2009 (León-Pontevedra)
La jornada del miércoles 29 fue larga pero, al mismo tiempo, no tiene una crónica demasiado extensa. En un principio, como comentaba ayer, los planes eran hacer un poco de turismo en solitario por la mañana, ya que Irene y David tenían diversos quehaceres, y luego reunirme con ellos a la hora de comer para ir a casa de Irene y conocer a su familia.
Pero una llamada recibida por mí a media mañana propició que tuviera que poner fin a mi etapa leonesa 24 horas antes de lo previsto, aunque tuviera pagada una noche más de hostal, para marcharme a Pontevedra. Aún así, me dio tiempo a subir a la plataforma que hay en la catedral para ver lo que no dio tiempo de ver el martes, es decir, las vidrieras de la parte superior de la misma. Ya que había comprado la entrada para ir a las 12 no la iba a desaprovechar, aunque en mi mente ya estaba ir a la estación de autobuses para ver si podía cambiar el billete que saqué el mismo lunes cuando hice parada en Madrid.
Y aquí vino la anécdota del día: no sé qué les dije yo a los de Alsa o qué escucharon ellos, pero el caso es que el billete me lo habían dado para el miércoles, y no para el jueves como creo yo que les comenté de forma clara. Total, que cuando pedí el nuevo billete y me dijeron que no había nada que cambiar porque el que yo tenía era para el mismo 29, no pude evitar sonreírme después de mi gesto de asombro ni tampoco pensar que si las cosas hubiesen transcurrido como estaba previsto a saber qué hubiese ocurrido al día siguiente, en teoría el día elegido para marchar hacia tierras gallegas…
A las 16:45 ya estaba yo subido en el correspondiente autobús -con un poco de pena por no haberme podido despedir personalmente de Irene y David-, dispuesto a presentarme en la capital de la provincia del mismo nombre unas 4 horas después. O eso era lo que yo creía, porque el autobús nos ofreció un interesante tour por casi todos los pueblos del sur de la provincia de Lugo -y por alguno más que no aparecía en el mapa-, amén de pasar por Ourense antes de llegar a Vigo y Pontevedra. En total, casi 6 horas, ya que me bajé del autobús sobre las 22:30.
Muy cerca de allí, en la estación de trenes, estaba esperándome Cristina -que debió pensar algo así como «por fin llega éste»- con su perrita Mandy. Acto seguido fuimos a dejar las cosas a su casa, y luego me fui a comer algo por ahí con ella y con Ciprian -Cristina, lo siento pero no sé cómo se escribe; en tal caso léase «Chiprian»-. Ambos, en este día de imprevistos y «planes B», aceptaron acogerme una noche más que la que habíamos acordado, ante lo cual yo les doy las gracias pese a que ella diga que no hace falta.
Al día siguiente, se volvería a la normalidad.
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