SEGUNDO DÍA: MARTES 28-7-2009 (León)
Después del pequeño prólogo que supuso el paseo por el Húmedo, el martes 28 ya procedí a visitar de verdad lo más importante de la ciudad. Para ello quedé con Irene, quien esa mañana me hizo sola de «guía turística» porque David estaba trabajando, aunque él se iba a incorporar posteriormente, a la tarde.

Fachada de la Catedral de León
No obstante, antes de entrar en la catedral, justo al llegar a la plaza, nos encontramos con Gela, una de las mejores amigas de Irene, quien andaba por allí haciendo encuestas entre los turistas. Podría haberme hecho alguna a mí, pero obviamente yo no disponía aún de los conocimientos mínimos necesarios sobre la ciudad como para contestar a las preguntas con un mínimo de verosimilitud.
Después de deleitarnos con las vidrieras y con la planta principal de la catedral, Irene y yo fuimos a ver el claustro, por el módico precio de un euro. También pudimos haber entrado a ver el museo, pero según Irene no vale la pena pagar los 4 euros que cuesta la entrada para lo poco que hay por allí. El claustro, como me imagino que sucederá en cualquier iglesia, es un lugar tranquilo y apacible, con un patio de considerables dimensiones, y perfecto para quien quiera meditar sobre lo que sea.

El claustro de la Catedral. De fondo, un servidor.
Al salir eran ya casi las 2 de la tarde, así que nos fuimos a casa de David -que ya había salido del trabajo- para comer algo y descansar un rato, ya que por la tarde iba a proseguir la visita por la ciudad.
Tocaba ir a ver otras dos grandes joyas de la ciudad, una monumental a nivel nacional, y otra tal vez más desconocida pero, para mí, más bella aún que la anterior. La primera de ellas es el Convento de San Marcos; y la segunda, la casa-museo de la Fundación Sierra-Pambley -situada frente a la catedral-, la cual me dijo Irene que me iba a sorprender, y así fue.

Casa-museo de la Fundación Sierra-Pambley. Foto: web de la Fundación.
Creada por Francisco Fernández-Blanco y Sierra-Pambley -más conocido como Paco Sierra, lo cual, inevitablemente, me produjo en la mente claras reminiscencias de mi pasado reciente universitario- en 1885, su labor fue destinada desde un principio a la creación de escuelas en las que educar a aquellos que no se lo podían permitir económicamente, como por ejemplo los campesinos y los obreros.
A las 19:00 entramos en la casa, en una nueva visita guiada que nos llevó por las dos plantas en las que se desarrolló la vida de Paco y de los suyos. Destacable es la enorme diferencia que hay entre ambas: si bien la planta principal estaba destinada a la vida social, con todas las comodidades de la gente bien de la época, la segunda -donde se encontraban las estancias privadas- se caracteriza por una austeridad total, dado que el creador de la fundación pensaba que la vida no se vive de forma real si no se hace en las mismas condiciones que la mayoría del pueblo, y ésta no se componía precisamente de gente con demasiado dinero.
Puedo pecar un poco de cateto, pero de todo lo que vi allí me quedo sobre todo con un bastón-escopeta, un arma de andar por casa para intimidar a ladrones y asaltadores y que, a buen seguro, estaría considerada como el no va más si se hicieran algunos en los tiempos actuales. Asimismo, como en esta vida siempre se aprende algo nuevo, gracias a esta visita pude conocer también algunos datos más o menos anecdóticos, como por ejemplo que el popular juego de la oca es de origen francés. En resumen, que salí de allí encantado.
Y poco más dio de sí el día. Hasta la recogida nos dedicamos a tapear y tomar algo, dado que la jornada de tarde, aunque más corta, también había sido bastante intensa. Al día siguiente, en cuanto David saliera de trabajar, iría a visitar junto a ellos a la familia de Irene y su pueblo; o al menos eso era lo que tenía pensado en un principio. Las causas y azares -que diría Silvio Rodríguez- terminaron dictando algo diferente.
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